13 marzo, 2016

Reseña de "El caso de La Pensión Padrón" en Tenerife Noir

Decía Umberto Eco que el patrón que rige las ficciones policiales es el más metafísico y filosófico de los modelos de intriga, puesto que, en el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía coincide con la de la novela policiaca, esto es, ¿quién es el culpable? Para saberlo, o para creer que se sabe, hay que conjeturar que todos los hcechos tienen una lógica, la lógica que les impone el culpable. Por tanto, tanto la narración filosófica como el relato policial buscan descubrir la coherencia interna de unos hechos aparentemente inconexos, con la finalidad última de alcanzar, mediante deducciones, una verdad que dé sentido definitivo al misterio.

Pero el propio Eco apuntaba algo más. El género policiaco, quizás uno de los más cerrados, puesto que se abre con un crimen y se cierra con una solución, necesita la participación activa de los lectores. Hablar aquí y ahora de novelas policiacas o novelas negras, es, por tanto, hablar de la recepción de las mismas en los lectores, una de las recepciones, seguramente, más placenteras del discurso literario.

Además del disfrute y del placer, una de las cuestiones más significativas que se plantean con la lectura de El caso de la Pensión Padrón, de Ana Joyanes y Francisco Concepción, publicada por La Esfera Cultural, es el de la clasificación. El texto es un ejemplo sólido de lo que se conoce como novela negra, propiamente dicha.

Posiblemente la etiqueta de lo negro o de lo noir se aplique hoy a una diversidad de producciones literarias tan acusada que hace difícil hablar con propiedad, o al menos establecer unos límites, de género como el policial, el criminal o el negro. Sin embargo, hay una serie de rasgos propios de la novela negra que se manifiestan en este caso que nos ocupa y que lo cargan absolutamente de sentido. Las novelas negras son relatos incómodos, como sostiene Alexis Ravelo, dominados por la violencia, la moral ambigua de los personajes, los ambientes grises y que, sobre todo, son muy suspicaces con respecto al sistema social, muy pesimistas con la condición humana, desveladoras del caos antes que maquilladoras del desorden. El noir es, además, una nomenclatura que nace de un cine muy concreto, americano para ser más precisos, cuyo objetivo fundamental es el de evocar la ansiedad de los espectadores y connotar la ambigüedad moral, de ahí el predomino de luces tenues, calles mal alumbradas de noche, figuras escondidas en las sombras, etc. Lo noir representa una reacción ante una forma de entender el mundo, puesto que no es otra cosa que la respuesta crítica al fracaso del sueño americano. La violación de los valores y de las promesas, junto con un acusado desencanto, se encuentran en el centro de la poética de la novela negra, en donde lo estético, lo temático, incluso lo mítico, quedan fusionados con lo social y lo histórico.

Por tanto, la estética de lo negro propiamente dicha ofrece crónicas de la desesperación y la alienación que resultan del fracaso de la modernidad y que, si su origen se encuentra en EEUU, su desarrollo y su plenitud abarcan la literatura de muchas otras regiones del planeta.

El caso de la Pensión Padrón funciona como una vuelta al origen o reivindicación de lo noir, puesto que el mundo del hampa y la crítica social atraviesan el relato de cabo a rabo. Aunque Samuel Nava, periodista, y Elisa Martos, relaciones públicas del Club de Tenis de Santa Cruz y detective encubierta, lleven a cabo un investigación sobre los hechos acaecidos, son el Juanmi, Toña, Agustín Garcés y Esteban Cano los auténticos protagonistas, retratos todos de un mundo deshecho por el alcohol, las drogas, el sexo y la violencia. Es a partir de ellos, de los personajes, como se establece esa mirada feroz a la sociedad tardocapitalista, la denuncia de un estado de bienestar que es
imposible sin su correspondiente estado de desesperación de miles de personas, de ahí que la oposición entre el Club y la Pensión funcione tan bien. Una pensión oscura, sucia, siniestra, maloliente frente a un aséptico club de tenis en el que todo es luz, salud, belleza y optimismo. El relato, pues, se construye a partir de dos líneas argumentales que se suceden en tiempos distintos. Mientras Samuel y Elisa llevan a cabo la investigación en 2010, el lector es testigo, mediante continuas analepsis, de los acontecimientos sucedidos en 2008. Y hasta aquí queremos leer, si se nos permite.

La presencia de estos personajes desheredados va más allá de una caracterización individual. Conforme avanza la lectura, la problemática social va imponiéndose crudamente, quizá como uno de los rasgos que definen hoy la novela negra europea frente a la americana, que pone el foco de atención en los destinos individuales. Además, El caso de la Pensión Padrón coincide con el género negro también en su marcado carácter costumbrista. El contexto espacial y social en el que transcurre la acción adquiere gran importancia no sólo porque permite a los autores construir una imagen veraz de la sociedad, sino también porque muestran cómo transcurre la vida cotidiana de un sector de dicha formación social. Así, la novela se convierte, igualmente, en un recorrido por los bajos fondos de Santa Cruz de Tenerife y en una herida afectiva y purulenta de determinados individuos que han sido muy duramente golpeados por la vida. Ansiedad, desencanto, locura, miedo, asco y decepción que filtran y humedecen el idioma de la novela, cargada de giros de la lengua cotidiana y del hampa más desgarrador.

Francisco Concepción (D), autor de la novela, 
junto al autor de la reseña José María García Linares (I)
en un acto del festival Negro "Tenerife Noir".
Son estos desheredados personajes que viven en una lengua, en el dolor de sus expresiones, en la crueldad de los improperios y en la derrota que rebosan los adjetivos. Personajes que, en mayor medida que los que llamaremos luminosos, nos enseñan, a través de su vagar, algunos de los lugares de la ciudad (bares, barrios, pensión, centro de salud, oficina bancaria…) y que hacen que recordemos con una triste sonrisa aquello que decía Donna Leon sobre el género negro, esto es, que posee un componente de turismo cultural. Aunque en nuestro caso el espacio no se articula como elemento de atracción, la presencia de la ciudad sigue siendo considerable. De ahí que El caso de la Pensión Padrón se acerque más a textos de Markaris, de Mankell o de Camillieri en los que, a través críticas a la mafia, a la crisis económica o a la llegada de inmigrantes, el autor construye un retrato de la ciudad en el que se muestra la composición social y los graves problemas de convivencia, aunque no se visibilicen en el día a día.

Todos estos elementos de los que hemos hablado tan rápido, como el argot, la ciudad, los personajes, junto con otros en los que no podemos detenernos por cuestiones de tiempo, como la descripciones directas, los diálogos agramaticales y la cantidad de metáforas que captan la experiencia diaria del hombre común, están en la línea de lo que para LeRoy Panek define el género negro. Pero queremos cerrar nuestra exposición con una reflexión final. La variedad de elementos de una novela negra (los crímenes, los asesinos, los lugares de la acción, etc.), todos ellos se unen con la finalidad de crear en los lectores una gran confusión mientras va desarrollándose la lectura. Sin embargo es un desorden que se manifiesta sólo en un nivel superficial del texto, porque en el fondo lo que está haciendo es disimular una problemática social irresoluta. La explicación de un crimen no es garantía para modificar un conflicto social porque la naturaleza del conflicto mostrado radica en una crisis institucional.

Por eso el narrador contemporáneo, al igual que en la novela de Joyanes y Concepción, no pretende elaborar un discurso moralizador en el que el mundo se divida entre los buenos y los malos, sino que pretende mostrar una situación general que se enmascara bajo crímenes locales. Es decir, el delito tradicional se resuelve con la identificación de un criminal que actúa según una desviación respecto a la sociedad modelo, como defiende Vania Barraza, mientras que en la novela negra contemporánea descubrir al delincuente no implica una resolución del verdadero crimen, sino la descripción de un estado deforme de un proyecto socio-institucional.


Reseña:
José María García Linares
Melilla en 1977. 
Es licenciado en Filología Hispánica y doctor en Didáctica de la Lengua 
y la Literatura por la universidad de Granada. 
Imparte clases en un centro de secundaria de la Comunidad Autónoma