18 julio, 2009

Calma chicha


Cuaderno de bitácora: 18 de julio
Vuelvo a poner a Metallica. Lo sé. El heavy no parece lo más adecuado para calmar la angustia y dar paso a la creatividad. Hay quien diría que justo lo contrario.
Pero el sonido distorsionado de las guitarras, el golpeteo insistente de la batería, la voz de James, compiten con el tifón que resopla y desordena por dentro. Y ganan.
Lo he intentado con Noa, lo juro, y con Ismael Lö, con Beethoven y Scarlatti–con Vivaldi ni se me ocurriría-, con Madeleine Peyroux, incluso con The Christians y su genial I found out.
Calma pasajera, esa calma chicha que te deja a la deriva, que da más miedo que una tormenta que precisa de toda tu pericia, de lo mejor de ti, para capearla.
Pero los escucho con remordimientos, como el drogadicto que vuelve a fumar crack o la bulímica que vomita el último atracón –éso, éso es lo que me pide el cuerpo, un chute de metal, un atracón de rock.
…free to speak my mind anywhere…
¿Cómo renunciar a emocionarme con los sonidos que impactan en cada una de mis células y las ponen en marcha?
¿En nombre de qué? ¿De la paz interior? ¿Quién quiere pasar de puntillas por la vida, tanto por dentro como por fuera? ¿No es mejor arriesgarse a romperte y recrearte después?
Excusas, excusas baratas de yonky musical.
Me voy a reformar, palabra. Voy a quitar el disco de Metallica. Lo haré. Lo prometo, debo buscar la armonía interna, la que hace juego con la imagen de niña buena.
And, nothing else matters.
¡Qué ansiedad! Creo que esta abstinencia de hard rock va a matarme…
Afortunadamente, guardo a Iron Maiden en la recámara.

Texto: Ana Joyanes
Ilustración: Calma chicha, por Ana Fabry