13 septiembre, 2009

Consuelo

“Tuve que salir de allí”, me repetía insistentemente, como intentado justificarme, mientras, sudoroso, me aflojaba la corbata de aquel traje negro. “Ella me perdonará, lo sé, ella lo entenderá”. Como un autómata, con los ojos enrojecidos, mi mirada se perdía entre calles, persiguiendo las escasas sombras que se colgaban de algunas paredes sin apenas querer tocar el suelo. A esa hora de la tarde los sádicos rayos de sol se colaban por el cuerpo, como perforándolo, hasta llegar al estómago, recalentando todo el café que había tomado durante la noche. La acidez se mezclaba con el cansancio, la rabia y la pena, era como un barrizal que no dejaba fluir las ideas empantanadas. No sé cuanto tiempo pasó, ni cuantas calles vacías recorrí hasta que fuí tropezando con otros, que me empujaban hacia dentro. Ahora, recuerdo sus lágrimas temblorosas, uniéndose al agua que salía por su nariz para empapar sus labios asustados. Cuando me vio, dio unos pasos vacilantes hasta agarrarme, como cuando los niños aprenden a caminar, y me lo dijo, a bocajarro, entre sollozos. Y ahora, tres meses más tarde, estoy aquí, sentado entre tanta gente, que no conozco, ni ellos a mí, mirando a un mismo sitio, a um mismo hombre, apretando los dientes, cerrando los puños, afilando nuestras miradas, aguantando la respiración, levantándonos sigilosamente y … ¡Goooooooool!
Gritamos, lloramos y nos abrazamos mientras oigo los golpes de martillo sobre la lápida.