14 octubre, 2009

La isla de otoño

Las piedras cayeron de mi bolsillo, la más grande, la moldeada por el mar se partió en trozos de afiladas aristas. Con ellas comencé a rallar líneas blancas en la roca negra, y apreté con fuerza haciendo un círculo inicial que luego me llevó a una espiral con un ojo en el centro que miraba al cielo. Levanté la vista, una bandada de gaviotas que daban sombra a las nubes chillaban con graznidos estridentes. Busqué un resquicio de azul, y repetí tres veces: ¡qué se vaya!¡qué se vaya!¡qué se vaya! Un rayo de luz enfocó en el mar gris a una isla púrpura. Lancé el resto de las piedras haciéndolas saltar por la superficie del agua... Las olas escupieron algas negras para prevenir mi zambullida, y quieta esperé en la orilla. La barrera del viento no se dejaba ver, había sucumbido al mar de nubes. Por lo que en el otoño gris las olas pequeñas chapotean imitando a los jureles.


Dácil Martín