12 octubre, 2009

No hay nadie como ella

De espaldas, la larga melena pelirroja ondula sobre el mar de la espalda, roza su espléndido culo y me hace cosquillas en todos los poros de la dermis. Ella sabe cómo me gusta ese movimiento, esa brisa que me aleja de los malos rollos de la jornada, que me trae a nuestra habitación, paraíso en el que quiero vivir y morir. Conoce qué me gusta, son ya muchos momentos de leernos la piel, de compartir sábanas, de sabernos saborear con ansia y hasta el final. Domina su cuerpo para dominar el mío y mis sensaciones, para trabajarlas hasta llevarlas donde nunca han estado con ninguna otra mujer. Su saliva es una pócima resucitadora, sus dedos bisturíes que abren mis carnes, su boca la ventosa que absorbe mis emociones, su lengua el único trozo de carne cruda que me comería. Ella se relame de gusto al verse erigida al primer puesto de entre todas las mujeres y usa y abusa de su poder, sin límites ni restricciones, en sus manos soy suyo, nadie osará jamás obligarme a abandonar tal servilismo. Nadie, puedo jurarlo sobre lo más sagrado o sobre lo más abominable, me da igual, con ella el resto da igual. Nuestro universo es el único existente, la única realidad verdadera, la penumbra que alumbra el resto de mi vida.
Me deja entrar, que me siente en el sillón granate, mientras ella pasea por la habitación, de un lado para otro, mirándome de reojo, para asegurarse que la estoy observando; se va quitando la ropa pieza por pieza, sin prisa, la noche es infinita; el sonido de la ropa cayendo sobre el suelo se mezcla con el tintineo de los hielos del güisqui que crepitan por el calor. Se para frente a la chimenea, encendida con leños de pasión, de espaldas a mí, como si le diera vergüenza mostrarme lo que me sé de memoria. Sobre los tacones se balancea, erguida, podría dibujar cada uno de los músculos que adornan la espalda; la melena juguetona se enreda entre sus dedos, se recoge y se suelta en nudos mentirosos. El hielo se ha derretido completamente y no me apetece beber lo que contiene el baso. Ella ya lo ha adivinado y se dirige hacia mí dispuesta a desnudarme, descuidando algún arañazo en mi pecho, regalándome algún beso en el cuello, alguna caricia perversa. La acojo en mis brazos y a volandas la acuesto en la cama. Al tiempo que me termino de desnudar, ella va tocándose los pechos, la cintura, el pubis, abre y cierra las piernas y recita mi nombre como si fuera el Cantar de los Cantares. Soy el hombre más afortunado del mundo, el más poderoso, el rey que mejor reina posee, porque es mía, mía por la noche infinita. Ningún perfume que no sea el que expelen sus pechos, ninguna suavidad que no sea la de su vientre, ningún cobijo que no sea su vagina, ningún pastel que no sea su boca, ninguna música que no sea su respiración entrecortada.
Los rayos de sol resbalan por su cadera que rompe decidida la luz matutina. Me visto sin dejar de mirarla, de olerla a cada vuelta que da sobre la cama. No puedo resistirme a besarle la espalda antes de irme y dejar sobre la mesilla el sobre que abulta el doble de lo que ella pide. Acaricio su pelo y me llevo la mano a la nariz. Porque no hay otra como ella.