09 noviembre, 2009

Andama, la reina mala (X)

Como si fuera un sueño, una neblina de polvo recorría el barranco, que se desprendía de las grandes paredes, que ahora quedaban atrás, para abrirse en una inmensa llanura, queriendo abrazarse al mar, que ya se divisaba desde lo lejos. El millar de cabras invadía las tierras bajas, como un carnaval de intensos olores. El canto desafinado de las hembras, que replicaban, a modo de coro, la llamada del macho, llenaban el espacio, como lamentos burlescos de una murga embriagada. El aire se espesaba con el olor penetrante de los animales, que salpicaban el paisaje con sus colores amarillentos, ocres y marrones, rompiendo la monotonía de las piedras grisáceas del barranco y el verde de los balos, tabaibas y ahulagas. Acostumbrados a las tierras altas, en el llano los pastores se sentían vulnerables, indefensos ante cualquier peligro. Los achicaxnas que trabajaban los campos de cultivos lo respetaban, sabían que eran muy habilidosos en el manejo del palo y el garrote, eran orgullosos y a veces soberbios; pero, también, sabían que eran la cantera de donde salían los mejores guerreros, en los que descansaban su seguridad ante las amenazas.

Los cuerpos, sudorosos por el fuerte calor y el duro trabajo, mostraban una morenez brillante que parecían salir de sus tamarcos a medida que descendían de las montañas al llano, y ascendía la temperatura a lo largo de la mañana. El rostro de Dácil tenía un atractivo camuflaje. Su piel oscura y brillante se embarraba con el sudor y el polvo, dándole un aspecto realmente guerrero. Hacía algún tiempo que había perdido aquel semblante serio. El esfuerzo casi no le afectaba, contagiada por una alegría desbordante, iluminada por una sonrisa y una mirada que deslumbraba. Sus silbidos y gritos se mezclaban con su risa contagiosa y juguetona, cómplice de las locuras de Taré. El joven bárbaro siempre hacía de las suyas, ante las sobresaltadas cabras que, sin embargo, siempre reclamaban su compañía, especialmente los pequeños baifos, acostumbrados a sus juegos y tiernas caricias. A los pocos meses de convertirse en pastor, su comportamiento había cambiado. Ahora era más maduro y sus sueños más nítidos, aunque, en ocasiones, volvía a la adolescencia para recuperar sus traviesas manías.