24 noviembre, 2009

El óvalo de la felicidad


Le retiró el pelo de la nuca y la acarició con detenimiento, besándola de tanto en tanto, remoloneando en su aroma. Ella se inclinó hacia delante, sujetándose a sus piernas, entre las que se acomodaba, encogida. Se creyó una muñeca rusa rodeada por la estructura protectora del hombre.

El calor de sus labios le proporcionaba una inmensa placidez, el roce de sus dedos la adormecía. Las imágenes pasadas volvían a los ojos cerrados y sospechaba que ella no podía ser la protagonista, pero la presión del cuerpo de su amante contra el suyo la desmentía.

Disfrutaba recordando las caricias que brotaban de sus manos como si de las manos de otra se tratara. Y así debía de ser, porque no era posible que fuera ella quien las ejecutase, desinhibida, consciente y satisfecha.

Hacía de ella una persona nueva. Con él todo parecía natural y hermoso y el sólo contacto con sus manos lograba dar la vuelta a sus más sombríos momentos.

Esperaba inquieta el momento en que se reencontrarían para acostarse, pasear, charlar o permanecer junto a él en silencio, lo que fuera, con tal de contar con su apoyo. Porque sabía que sin él volvería a ser la misma mujer taciturna y desencantada que aullaba de dolor por cada amor perdido, la que no se permitiría la menor muestra de debilidad y que languidecía presa de sí misma.

Le estaba tan agradecida que temía no ser capaz de corresponderle, pero él cortaba radicalmente cualquier atisbo de inseguridad con su sonrisa burlona y sus manos inquietas. Le gustaba besárselas, esas enormes manazas, tan tiernas, tan lascivas, tan hábiles para despertarla de la modorra que asfixiaba su vida.

Atrapó una, la que corría por su cuello, y después la otra, que descansaba sobre su vientre, y se las llevó a la cara cubriéndola casi al completo, percibiendo el relieve de sus dedos, la firmeza de su piel y las besó. Sintió cómo él apoyaba la cara sobre su cabeza y cerraba el círculo de sus piernas en torno a ella y supo que en el óvalo que conformaban sus cuerpos se encontraba el secreto de la felicidad.

Texto: Ana Joyanes
Narración: La Voz Silenciosa