22 noviembre, 2009

Escribir bien y mal


Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también la da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte; una diferencia sutil, pero brutal. ¡Y después de aquello cayó el látigo!