13 noviembre, 2009

Si no las quieres

Empieza a darle vueltas al plato de lentejas y delante tiene a su padre que todavía no ha probado bocado. Ninguno de los dos lo ha hecho: uno porque no tiene hambre y otro esperando. De vez en cuando levanta la cabeza y sigue dando vueltas con la cuchara, mira a su padre, que empieza a ponerse tan nervioso como siempre, sigue dando vueltas y baja la mirada, como buscando algo en el plato. Nadie todavía ha empezado, la madre anda lloriqueando porque ya está bien que todos los días nos pongamos igual con la comida, el uno por el otro, por cabezonería, por orgullo, que si el niño no quiere comer, que no coma, verás como cuando tenga hambre se come lo que haya en la mesa, y sin rechistar, ah, verás, verás, pero es que no le dejas respirar, que si yo fuera él, tampoco comía, sólo por no darte el gustazo, porque vaya un entretenimiento tonto te has buscado y vaya unas ganas de andar enfadado todo el día, ¿que no quiere comer?, ¡pues que no coma! El padre consigue no hacer caso a toda es palabrería absurda y estúpida. No entiende cómo pudo enamorarse de su mujer, siendo él un hombre de tanta clase y ella tan básica y corta. Lo piensa así, sin filtros, sin compasión. Lo piensa y no queda ya lugar para el arrepentimiento, como antes, para el perdón. Se reconoce algunas veces que exagera con el tema, que debería relajarse, que no puede malgastar toda su energía en pequeñeces de ese tipo. Pero se lo ha llevado al terreno de lo personal y la autoridad y ya no puede bajarse del burro. No, esa es una expresión que usaría la ridícula de su mujer. Bajarse del burro. Bajarse del burro. Siempre con esa manía de hablar por hablar, de usar el refranero. Mientras piensa eso, su mujer, alegre, dice: ¡hijo, si no las quieres, las dejas, que es comida de viejas! Nadie sonríe. El padre dice: no tiene gracia. Y coge el plato de lentejas y se lo tira por la cabeza al hijo. No le tira el plato sino que le da la vuelta cuando lo tiene ya preparado, dejando caer todo el contenido sobre el niño. Se comporta éste como intuye que esperan de él. No llora, no grita, no se levanta. Sólo saca un poco la lengua, por curiosidad. A lo mejor sí le gustan.

Imagen: Plato (Jesús de Perceval)

Texto: Fusa Díaz