11 noviembre, 2009

Últimas palabras

En una de las salas metieron a los familiares de la víctima. En otra de las salas, a los familiares del que, en cuestión de minutos, iba a morir. Él lo sabía. Le avisaron. No sabía en cuál estaban los suyos y por eso no sabía a quién le dirigía la mirada de odio y la mirada de lástima. En cualquier caso, pensó, qué más da ya. Pero en el fondo sí que daba. Claro que daba. Aquél era, quizá, el momento más importante de su vida: el de su muerte. Y con aquel desenlace iba a dejar una huella eterna en aquellos que lo estaban presenciando. En unos -quién sabe cuál de las salas- el de alivio y en otros el de pérdida. Unos segundos antes le preguntarían si quería decir sus últimas palabras. Antes de que lo sacaran de la celda un tipo con el que había hecho amistad se acercó y le dijo: te lo aviso por si quieres prepararte algo, te preguntarán si quieres decir tus últimas palabras. Y se lo agradeció. Qué estupidez, pensó después, agradecer eso. Y sin embargo sabía que lo había hecho en un acto de buena fe. Por eso quizá le salió el gracias sin darse mucha cuenta. No sirvió de nada, pensó ya sentado en la silla, porque estuvo masticando eso de: tus últimas palabras, y no fue capaz de pensar con claridad ni de decidir qué diablos quería decir para concluir. ¿Algo trascendental? Se le pasó incluso por la cabeza contar un chiste. Pero le pareció excesivo. Cuando se le acercaron para preguntarle si quería decir algo, contestó secamente: sí. Y, dentro de ambas salas, las cabezas se pusieron más cerca del cristal para prestar atención. Dijo algo. Después del sí, dijo algo. Pero nadie le entendió. Se miraron unos a otros y la madre del tipo estuvo a punto de ir a la otra sala para ver si ellos se habían enterado. Ingenuamente pensaba la mujer que era un mensaje para ella, un mensaje de amor. Aunque finalmente no preguntó.

Fuente de la imagen:
Dios la perdone: Y era su madre,
Francisco de Goya y Lucientes

Texto de Fusa Díaz

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