05 diciembre, 2009

Obediencia conyugal


El hijo da un seco empujón, con valentía sencilla y hombro esquinado al féretro de su padre. El nicho oscurece gradual, desde la boca devoradora hasta dónde se pierde la visión negra de su intestino. En el adiós del hombre no existe sollozante pecho, ni acuosidad en sus pestañas. Ya acompañara en un pasado distante, igual camino cuadrado y oscuro, a su madre. Hacía tiempo se cayera el recuerdo de su memoria. Hoy aferrándose de nuevo. Suspira el hijo y callan las flores sobre la tapa, trágico ramo de inciertos trenzados. Destinados a alguien o a un algo. Quizás pretendiendo ser conciliadores. Chirria la madera, deslizada contra su voluntad. Araña el cuerpo de madera pulida, con hálito desesperado, para elevar una queja audible. Un crujido resquebraja la totalidad del aire circundante.
Comienzo de un Algo o de un Nada.

Se apoya en la piedra para erguirse de nuevo, allí deposita perdiéndola para siempre la palabra “hijo”.

Escucha, con miedo alborotado, en el instante de la llegada paternal a la eternidad posible, una voz matrical casi olvidada, con bronco tono reprobador; ¡Menudas horas de llegar…!”