04 enero, 2010

No lo esperes más

Deja de contemplar el horizonte. Olvida el reloj que se anuda a tu muñeca donde laten tus pulsos. No entornes tus ojos impacientes al almanaque sin abrir. Ya está aquí. Ha aterrizado como un beso sin labios entre nosotros. Mira, mira las laderas de tus manos. No están vacías.
¿No lo ves…?
Vuelve a mirar..., más despacio. Sosiega el pensamiento. Aquieta el ritmo de tus pasos. Detén tu alocada carrera hacia ninguna parte. Ahora vuelve a mirar las laderas de tus manos.
Espera... No. Mejor aún, no mires. Aprieta los párpados como si fueran dos portones, pásales el cerrojo y siente. Sólo siente.
Hazte oído y piel. Eres sólo oído y piel. Cada poro es un tímpano que se asoma a todas las latitudes del horizonte.
¿Y ahora no sientes su respiración de cachorrillo indefenso que tiembla de miedo
en medio de la noche, miedo al frío, miedo a la soledad, miedo a los colmillos de la mentira, miedo a la garra de los asesinos...?
Ya está aquí. Sin mancha. Sin defecto. Espléndido… y desprotegido.
Cuelgan de sus dedos, aún cerrados y débiles, todas las promesas y todos los deseos y todos los sueños. De sus ojos brota despacio, como una brizna de hierba, todavía sin color, la luz de cada jornada. Es un halo tenue, casi opalino, pero tan maleable que tu propia mirada puede trocarlo sol o puede tornarlo sombra de la noche o puede convertirlo en cansada chispa con anemia.
No busques más. No es necesario. Cada respuesta es la melodía de los latidos de tu sangre. Nada más.
No indagues en oráculos improbables. No escrutes la caligrafía de las estrellas. No desmenuces el silogismo de las entrañas hediondas. No analices el extracto de la acrobacia de las golondrinas.
La criatura habita en ti y eres tú quien determinará si sus manos, todavía cerradas, como temerosas, serán caricias, serán puñetazos o serán muñones atrofiados. La criatura habita en ti y eres tú quien con sus latidos construirá sinfonías o edificará explosiones o levantará rascacielos de indiferencia. La criatura habita en ti y eres tú quien le proporcionará la hoz del campesino, la guadaña del exterminador, o una lata llena de burbujas vacías.
Y llegará, también está aquí, no lo dudes (dispón el funcionamiento de todos los radares de tu piel para evitar un choque brutal), el retumbo de los gritos de los poderosos y el tren cargado de miseria y llanto al que te habrás de subir, salvo que quieras morir a su paso y la risa incongruente de las máquinas de la mentira. Y no podrás contra ellos… Son indestructibles porque en ellos está la destrucción.
Pero no te dejes engañar. No permitas que su estrategia del miedo anule la verdad.
No lo esperes más. Deja de contemplar el horizonte. Olvida el reloj que se anuda a tu muñeca donde laten tus pulsos. No vuelvas tus ojos impacientes al almanaque sin abrir. Ya está aquí. Ha aterrizado como un beso sin labios entre nosotros. Mira, mira las laderas de tus manos. No están vacías.
¿No lo ves…?
Vuelve a mirar..., más despacio. Sosiega el pensamiento. Aquieta el ritmo de tus pasos. Detén tu alocada carrera hacia ninguna parte. Ahora vuelve a mirar las laderas de tus manos.
Espera... no. Mejor aún, no mires. Aprieta los párpados como si fueran dos portones, pásales el cerrojo y siente. Sólo siente.
De ti depende que mañana sea radiante como el pétalo de una margarita.