06 enero, 2010

Un Bienestar ...

¡Qué calor insoportable!”- pensó mientras conducía por la ciudad. Corría el mes de agosto, eran las 17hs. y por fin salía de su trabajo. Se sentía desfallecer. No era para menos, treinta grados centígrados sumados a las diez horas que había estado manejando casi sin descanso, lo justificaban. Más de una semana con esa temperatura y ese trabajo. No era normal. Ni el calor, ni la cantidad de horas sobre el auto. Sentía las manos, la espalda y la cara, empapadas y pegajosas. La calle parecía un sauna y él, el único invitado.
Se detuvo ante el tercer semáforo rojo
consecutivo. El tránsito estaba muy pesado, y, acostumbrado a “correr” en el límite y a “colarse” en
lugares increíbles parecía un animal salvaje enjaulado. Tratando de calmarse puso su música preferida: Neil Young. Escuchó los primeros acordes y se sintió mejor. “- Una jornada que termina”- se dijo, pero... ¿hasta cuándo?. Hacía casi cinco años que trabajaba allí, recordó lo feliz que se veía por entonces. No había sido fácil conseguirlo, tenía un muy buen sueldo por manejar algunas horas al día.
Pero ahora el balance era otro, diez o trece horas montado al auto, soportando a los funcionarios de aquella empresa con decenas de direcciones repartidas por toda la ciudad que significaban igual cantidad de trabajos, y lo que era peor, con la misma conversación todo el tiempo: “- minas, chupe, fóbal y morfe” según el lenguaje de esos tipos. Al principio hablaba poco, más bien, escuchaba. Pero desde hace un tiempo, se veía hablando igual, pensando igual, y eso lo aterró.
Un bocinazo lo despertó. Miró. El verde habilitaba la marcha. Seguía sudando copiosamente. Dobló en la primera esquina hacia la costa, seguro de que allí no se sentiría tan sofocado. La solución no fue tal. La esperanza de un poco de fresco en la rambla se diluyó cuando recibió la brisa caliente. Había menos tránsito pero la temperatura era la misma. Llegando al Parque Rodó aceleró y, si bien sus sudores se secaban, el ahogo era mayor. Respiraba aire caliente.
Cruzando Punta Carretas se le ocurrió visitar a sus viejos, que vivían en Solymar. “Sus viejos”, padres de hijo único, es decir, “padres únicos”, sobre protectores y admiradores incondicionales de él, tanto así, que jamás le exigieron nada. Ni terminar las facultades (Derecho y Humanidades) ni ser civilizado, católico y occidental. Hizo siempre lo que quiso sin importarle las opiniones de nadie: jeans desteñidos y rotos, pelo largo debajo de los hombros, fumaba marihuana (su entrañable compañera), militaba por una sociedad mejor, “la del pan y las rosas”, practicaba el amor libre pero fiel, trabajaba de vez en cuando; en definitiva, un perfecto salvaje, ateo y oriental.
Pero había cambiado. Nada de eso quedaba ya, y le dolía. Mucho. Secó lo que creyó era sudor de sus ojos. Inmediatamente, luces intermitentes lo golpearon. Miró. Estaba en Malvín. Las luces eran las balizas de varios autos. Aminoró la marcha y cuando llegó al lugar distinguió dos chatarras que hasta hacía poco habían rodado, y mucha gente alrededor de una formas que yacían inertes sobre charcos... Otro choque... Otras muertes... Veía mucho de ambos cada tanto.
En esos momentos Neil Young cantaba “Rockin’ in the free world”. Sus dedos resbalaron más que tamborilear sobre el volante mientras pasaba. Aceleró alejándose.
Había cambiado. Antes se hubiera conmovido ante la muerte, ahora miraba esos hechos con indiferencia, o, en el mejor de los casos, con morboso interés tratando de identificar algún conocido. Este era el cambio más fuerte y repulsivo. No lo era tanto el hecho de usar saco y camisa, zapatos o botas, el pelo corto con gel, abandonar la militancia, practicar un amor fiel sin libertad ni tener un trabajo fijo con una buena remuneración por no aburrirse. Lo peor era la indiferencia frente a la muerte. Había cambiado y no le gustaba el cambio.
Volvió a enjugarse el sudor en cara y manos. Ya estaba en Carrasco. En quince minutos vería a sus viejos. Cenarían juntos, charlarían, pasarían un buen rato. Les contaría del accidente y ellos discutirían sobre la velocidad... “-¡tené cuidado!”- le dirían.
Miró el velocímetro... Marcaba ciento veinte. Miró hacia delante y divisó más o menos próximo el puente sobre el arroyo Carrasco. El calor lo sofocaba, el sudor le nublaba la vista...el velocímetro anunciaba ciento cincuenta. Pronto estaría con los viejos...Apenas sintió el golpe en el auto y en su cabeza...
Ahora el sudor era más pegajoso... el calor insoportable... De pronto el calor desapareció, sintió un fresco agradable... un bienestar extraordinario... un bienestar... un…
Texto: José Legaspi