21 febrero, 2010

Abandono


Incluso ellas me han abandonado. Apenas me atrevo a mirar al cielo. Sé que el sol de agosto que me quema no podrá cegar mis ojos lo suficiente y no quiero mirarlo. Cuando vea el patíbulo habrá llegado el final.
Me niego a caminar, que me empujen ellos, si quieren, que me arrastren, me tendrán que arrastrar. Ya no pueden hacerme más daño.
Lo sacaron del carro de un empujón, tirando de las cadenas que unían sus manos ensangrentadas y que tensaron para evitar que cayera al suelo. Entre insultos le obligaron a recorrer los escasos metros que lo separaban del cadalso. Resollaban bajo el calor del verano, a pleno mediodía, maldiciendo al reo que debían remolcar para ajusticiar, lo golpearon una vez más para doblegar su testarudez. Entre dos guardias, uno a cada lado,alzándolo por los sobacos maltrechos, dejando que sus pies laxos rebotaran contra cada escalón de madera, lo dispusieron sobre el estrado. No le permitieron caer al suelo, lo irguieron como a un espantapájaros de paja y lo sostuvieron hasta que el juez se aproximó para leer la sentencia. Desde detrás, el verdugo aguardaba.
Ahí están todos, todos los que me verán morir, todos los que escupirán sobre mi cuerpo y se mofarán de mi miedo. Ahí están todos. Todos menos aquellos por los que la vida me va a ser arrebatada, mis iguales, los que juraron, como yo, hacer la revolución.
Jamás esperé, cuando las carnes se me separaban entre garfios y tenazas, cuando mis orines era lo único que me daba calor en aquella celda donde aguardaba un nuevo día de tortura, cuando las cucarachas que abandonaban sus nidos me hacían compañía por la noche, únicos seres que me recordaban que seguía vivo, que alguno de ellos hablara por mí. Ninguno de mis hermanos se delataría y, con él, nuestra conjura.
Mientras el fuego de las ascuas se cebaba en mi cuerpo, mientras los golpes me enseñaban que siempre es posible más dolor, mi única fuerza provenía de la ilusión de ver sus caras entre los que aguardan mi muerte. Y no están.
Escuchó la sentencia a morir en la horca por delito de alta traición, se revolvió cuando el verdugo pasó la áspera soga a través de su cabeza hinchada y deforme. No importaba que lo creyeran un cobarde. La muerte estaba frente a él, a su lado, dentro de sus heridas. Sus hermanos, no.
Miró al entarimado, creyó ver una sombra correr cerca de sus pies y, por un instante, tuvo esperanza. Pero no era más que el paso de una nube tapando el sol, sólo un instante antes de que el verdugo ajustara el nudo, sofocándolo antes de dejarlo caer.
Ni siquiera mis cucarachas han venido a acompañarme.
El suelo se abrió bajo sus pies, el cielo dejó de brillar para siempre.

Texto: Ana Joyanes
Música: Iron Maiden
Hallowed be Thy name, extraído del album The Number of the Beast, 1993