21 febrero, 2010

El colgante

Iba a ser una noche especial, primero hubo una cena a la que asististimos todos, y a continuación, un baile en el salón de parquet donde, encima de una tarima, la orquesta amenizaba a un ritmo burlón las canciones de antaño.
Miré al espejo y la cadena colgaba sosa en mi cuello, imité una futura sonrisa, pero aún así no lograba animar el resultado de mi vestimenta pasada de moda. Me calcé las sandalias blancas y recorrí el pasillo hasta llegar a la cocina donde me esperaraban mis padres. Tuve que mostrarme girando, y por fin, después de repetitivas e inútiles advertencias pude despedirme y salir hacia la puerta de mi casa, que daba al ascensor del edificio, y en cuyo portal me esperaba mi novio.
Tras un tímido beso subimos al coche de su padre, y fué allí en el coche, donde se decidió a sacar una cajita de nácar que puso en mis manos. Yo sin ganas, o con miedo, la abrí y descubrí el colgante labrado en forma de corazón, -lindísimo-. Todo lo maravilloso que pudiera exprimir de su persona estaba allí,
representado en aquel colgante.
Estuvimos bailando toda la noche. Bueno, toda la noche no, hubo un instante que duró lo que duró el bailé con el chico de la nuez y ojos de espía, y que alteraba tanto mi respiración. Me dijo: -Niña, déjate llevar en esta barca cuyos remos son mis manos. - Cuando acabó la canción me solté rápido, me fuí sin mirar, y directamente a sentarme al lado de mi novio tan serio él, e intuyendo yo, lo que me esperaba antes de volver a mi casa...
Han pasado años de aquella noche, incluso puedo acariciar el colgante y ponérmelo sin que sienta reproches,--me quiso tanto--. Está claro que un amor se olvida con otro, y que un dolor se apaga con otro mayor.
Texto: Dácil Martín