15 febrero, 2010

Domingos

Amanece lentamente sobre los tejados que aún conservan los últimos rayos de luna.
Sobre los sueños de muchos y las quimeras de unos pocos con labios de fresa.
Me siento en la mecedora desde la que invento otras historias, esas que me devuelven cada día el rostro de lo amargo y lo bello.
Desde aquí puedo divisar miles de formas geométricas que albergan pequeñas o grandes soledades vespertinas. Siempre llamó mi atención esta forma de organizarse para vivir del ser humano. Por mucho que intento buscar otro símil vuelvo siempre al que surgió en mí la primera vez que observé esta escena hace ya mucho tiempo:” los panales de abejas”. Solo que ellas se afanan continuamente por “ir todas a una” en su labor de almacenar la rica miel, no más. Y me temo que nuestros panales esconden menos dulzura y más complicación que los suyos.
Es posible que en aquel bloque verde, semiderruído que está junto a la catedral se escuche el llanto de un bebé que reclama abrigo porque los que se ocupan de él tengan a penas una manta para seis. Tres pisos más abajo vivirá cualquier “Don Manuel” viejito, con corazón y vista cansados, mojando si acaso dos pedazos de pan duro en un tazón de leche desconchado
y que formó parte en otros tiempos de una gran vajilla italiana.
Es probable que a estas horas, en medio de este silencio atronador y en cualquiera de los miles de bloques que conforman esta ciudad dormida: una pareja se desperece entre arrumacos y polvos salvajes, mientras otras tantas están hastiadas de compartir cama después de tantas primaveras rotas; otros alguienes se despidan de la vida en una sala de hospital mientras, en la sexta planta se oye el grito feroz de los que acaban de nacer. Tres calles más abajo un grupo de jóvenes tararean una melodía machacona camino de los panales paternos, después de una noche intensa de alcohol y risas desmesuradas. A su vez los mismos chavales comparten acera con los primeros ejecutivos de maletín y botas brillantes camino de una oficina en la que, tal vez, solo tal vez, el jefe mire con ojos lascivos a su secretaria, mientras ésta con labios de silicona y perfectamente maquillada y aburrida lance besos furtivos al joven administrativo con el que comparte expedientes y algo más bajo esa mesa…
Cesa el balanceo de esta mecedora y escucho las últimas notas de la Quinta sinfonía de Mahler. Cierro los ojos y pienso cómo sería la vida si como las abejas, fuéramos “todos a una” para construir un día a día más fácil, menos competitivo, más lleno de caricias blancas y sonrisas con sabor a mar. Un día a día en el que notáramos que vivir no tiene que convertirse en una proeza ni en un reto para salir ahí fuera como lobos esteparios en busca del valor cada vez más preciado del dinero.
Entra por mi ventana un suave olor a café. Parece que el vecino de abajo se ha desperezado ya. ¿Sobre qué reflexionará mientras paladea los primeros sorbos del día? Gracias a la música de fondo yo intento no quedarme con la tristeza que me produce la imagen de Aschenbach, el protagonista de “Muerte en Venecia” de Tomas Mann. En la playa, el bello adolescente se regodea ante Aschenbach, al que se le escapan sus días y la misma vida en el tinte de su pelo derramado cruelmente por su cabeza y su traje blanco impecable. La belleza frente a la miseria. Y no sé por qué pero intuyo como Thomas Mann que en la vida como en todo, “quien ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir”.
Y a mí me encanta Vivir, así que procuro seducir a la vida cuando tengo cualquier oportunidad. Voy a tomar un café. ¿Alguien desayuna conmigo?

Ilustración: "Tejados de Madrid" de Carlos Casu