19 junio, 2011

El hueso de cereza


No fue antes, no. Sólo aquella mañana cuando me desperté y había calma en el cuartillo de la ropa, donde me había quedado dormida la noche anterior, mareada, ida. Podría haber sido cuando mi padre me besó aquella noche en la frente y noté su aliento en los ojos, asqueroso, espeso, calientísimo: me besaba la frente suponiendo él que así se estaba despidiendo, que quizá bastaba con marcharse sin que nadie le viera, sin hacer ruido, como estaba acostumbrado a pasar por mi vida, por mí. Pero fue aquella mañana cuando estaba delante de la ventana y pensaba: el verano, con su calor sofocante, está llegando. Y la desnudez no me impedía moverme con naturalidad, la desnudez no me hacía sentir diminuta, simple, ridícula. Miraba por la ventana y pensaba: dónde está lo que necesitas, dónde quedó, atrás, para siempre. Y sentía la tristeza más allá del cuerpo desnudo. Se escuchaba del piso de abajo una música nostálgica que me hacía sonreír. Y, sin embargo, estaba tan triste. Tanto rencor, tanto odio lejano... y nunca me había sentido así de triste. Y miraba por la ventana y pensaba: cuándo se marchará este sol que me está dañando tanto, cuándo dejará de pesar la luz. Alguien tocó la puerta y pidió si podía entrar. Y yo miraba por la ventana, sin contestar, y gozaba de aquella tristeza que recién llegaba a mí, como la madurez, como las primeras cerezas de aquel año: rojas, maduras, amargas, redondas... con la verdad escondida ahí, en el hueso. Y la tristeza, la tristeza...

Ilustración: Las cerezas, Albert Rafols Casamada
Texto: Fusa Díaz.
Narración: La Voz Silenciosa.