08 febrero, 2010

Luz sin piel de la tarde

Se bañan mis manos vacías en la entraña de la luz sin piel de la tarde, zumo de limón ardiente destilándose como un cuchillo sediento sobre la ciénaga de asfalto.
Persigo el manantial de un sueño donde la arcilla del silencio reconstruya el leve vuelo de una mariposa, aquel lugar donde un viejo daguerrotipo con su sonrisa sea la piel que destruya el dolor de su mirada... esa mirada que aún supura llanto.
Pero es el ocaso un revoco de algodón empapado en sangre de homicidios cuyo corolario fue una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores llorando los colores del arco iris, una tumba sin cementerio, un ceremonial de olvido, un obituario de silencio.
Persigo el manantial de un sueño para que beban sus lágrimas imperecederas, para que sane su dolor remoto, pero es mi dolor quien anhela su alivio, mi herida su cicatriz..., mi rabia un grito.
Somos mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo quienes necesitamos aquel viejo daguerrotipo donde aún albea su sonrisa, porque mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo no soportamos la luz sin piel de esta tarde, ni el revoco de algodón empapado en sangre de homicidas de este ocaso, ni sus lágrimas imperecederas, ni su dolor remoto, ni el recuerdo de una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores... y sin cementerio.