11 febrero, 2010

Se ha insolentado


Se ha insolentado, se ha insolentado. Eso me decían todas cuando vinieron a buscarme a mi casa. Estaban todas esperando el momento, el momento en el que la mujer de José alzara la voz, el momento de poder cargar toda nuestra furia, todo nuestro aburrimiento aquí en esta isla tan dejada, dejada incluso por el mar, dejada por todos. Se ha insolentado, decían, y había algo oscuro en sus caras que me asustaba. Pero fui. Fui también, también lo hice yo. Vinieron deseosas de una guerra particular que nada tenía que ver con la de afuera. Y daban miedo, daban tanto miedo. Me cogieron de un brazo, la multitud, toda ella, como si sólo tuviera una mano, una sola mano todas aquellas mujeres, un único propósito, me cogieron y sentí que estábamos a punto de cometer una brutalidad. Si se ha insolentado, sí, se ha insolentado. Nos convencíamos las unas a las otras, justificando lo que íbamos a hacer. Entonces la vi allí en medio del matadero, medio desnuda, sin un zapato... y sentí lástima como se siente por un niño que está perdido. Las mujeres tiraban de mí, de mi desconfianza, de mi duda: se ha insolentado, se ha insolentado. Cogimos unos cuchillos, había uno para cada una, los cogimos, todos los del carnicero, ella parecía un corderito recién nacido. Él decía: es cosa de mujeres, es cosa de mujeres. Y nos daba los cuchillos sin temblar. La primera que se acercó le cortó un mechón de pelo grandísimo y, cuando cayó sobre su pie descalzo, miedosa, insegura entre todas nosotras, empezando a quedarse sin su melena, cuando cayó el primer mechón, el primer insulto, se meó encima.
Texto: Fusa Díaz
Narración: La Voz Silenciosa
Ilustración:  Mujer secándose el pelo, Edgar Degas