19 febrero, 2010

Perros pantaloneros


Siempre imaginé que los perros falderos eran cosas de mujeres. Pero allí estaba, cada día, aquel maricón viejo con su perrito YORKSHIRE sobre sus pantalones, tomando café y un sándwich en la terraza de la cafetería a la que yo acudía. Quiero apuntar que no tengo nada contra los maricones, porque en esta sociedad existe mucho susceptible y uno no puede ni expresar su opinión. Decía que no tengo nada contra los maricones, es más… siempre me han puesto los travestis y me sigo masturbando con su contemplación y que incluso los maricones jóvenes con pluma me parecen glamurosos y hasta simpáticos. Pero los maricones del culo y viejos me provocan repelús. Ese tipo de maricón decrépito, que te mira el culo a tu paso con babas en la boca. Con ropa y estilo de los sesenta, que no ha cambiado por precariedad económica, consecuencia de no haberle hecho caso a su padre que le dijo: “emplea el tiempo en algo más provechoso que dejarte romper el culo. Eres la vergüenza de la familia

Se me va le baifo, como decimos en Canarias, y me meto en zonas pantanosas. A mí lo que me sorprendía era aquel YORKSHIRE. Sentado sobre los pantalones de ese solitario maricón lleno de cadenas y anillos de oro barato, comiendo juntos el sándwich. Un pedacito comía el maricón, un pedacito le daba al perrito. Un trocito comía el maricón y otro le ofrecía al perrito. Como disfrutaban cada tarde y cada mañana dominguera. Sin prisas…
¡que bien se llevaban¡ Una raza acostumbrada a las faldas había sufrido una metamorfosis hacia los pantalones. El maricón ni caminar lo dejaba, lo traía escoltado en un corroído bolso con la cabecita por fuera. En un principio el perro se sentía atraído por los de su especie, pero el maricón le hablaba, le susurraba y lo convencía tratándole de cambiar sus instintos y su perronalidad. A medida que pasaba el tiempo el flaco perro sentado en sus rodillas se le iba modificando sus hábitos y sus instintos perrunos. Cada día se parecían más, cada mañana el perro se parecía más a las personas. Hasta que un día el perro aprendió a hablar y pidió sus derechos. Nada de deberes, ni agradecimientos. Todito igual que las personas. El viejo maricón está engordando, ya no comparte el sándwich con nadie.