14 febrero, 2010

Porque yo no quiero

Me miras con ojos ávidos de una contestación, de un gesto clarificador, definitivo. Cierro los míos y suspiro, observo a mi alrededor y no hay nada que me haga recordar qué era lo que sentía por ti. Podría ponerme a llorar, sin más, con la agobiante sensación de angustia que proporciona lo que ya no debería de acontecer por ser demasiado tarde. “Demasiado tarde”, pronuncio despacio, bajito, pero lo suficientemente alto como para que me oigas. Demasiado tarde, retumban mis palabras en un cerebro que aún no es capaz de digerirlas, que se extraña de oír semejante frase ante la proposición que acaban de hacerle. ¡Qué hubiera dado por oírte decir esas palabras! Cualquier aliento que hubieras perdido al doblar la esquina era recogido por mis manos como un divino tesoro; esperaba tus parpadeos para poder pescar alguna pestaña aunque tus miradas no fueran dirigidas hacia mí; deseaba encontrarme contigo sólo por olerte, por sentir tu calor, aunque ni te dieras cuenta de que habíamos topado. Ahora, maldita sea, ahora, cuando ya enterré mis tesoros porque los di por perdidos, cuando descubrí que podía vivir sin tus limosnas, cuando despertar por la mañana no tenía como objetivo atisbar tu sombra por las calles. Ahora, maldita sea, cuando he descubierto tus imperfecciones y fallos, tus carencias y vicios, cuando tanta indiferencia hartó mi corazón a falta de palabras y estrechones de manos. Si supieras, maldita sea, si supieras todo lo que he hecho por ti y todo lo que hubiera hecho solo por una caricia, una palabra, un beso. Por Dios, por un beso... Y ahora, que podría arrebatártelos sin esfuerzo alguno, no los quiero, no quiero ninguno. Porque tu voz ya no me hace temblar, ni tus hombros me incitan a soñar con un lecho de pasión húmeda. Porque lo imaginé demasiadas veces, porque construí un mundo iluso, irreal, imposible, sí, imposible. Tan imposible que ya estoy segura, absolutamente segura, de que no podrá ser porque yo no quiero.