22 febrero, 2010

Y seguía llevando dalias muertas en cada palma de sus manos

Ella, de pulcra presencia femenina, había llenado su vida de breves tonos de amargura.
En la vasta noche, donde habitan sus vivencias, un retrato recoge levadamente su desgarrante nostalgia, su amor sabe a distancia. Aquel a quien tanto amó sonaba falso y en esa fragilidad interior todo parecía fatal. El desengaño, girando en su cabeza de lado a lado, los hilos de la angustia, lo incierto, corrían apresando su débil silueta en una significativa penitencia que ahuecaba su faz arrastrándola sobre un volcán. De pronto su cuerpo se llenó de edades y en una tentativa estéril, de hinojo, recuerda su juventud. Cierra sus ojos agolpando el llanto en su pecho y a lo lejos sus sentimientos, con tinte de melancolía.
Con profundo abatimiento mira a su alrededor, sus días habían perdido la pureza por la vil fosforescencia de la traición. Se aproxima a un  recodo de su silenciosa habitación, apenas escuchaba su respiración e inclinando la cabeza, azuzada por el miedo, un frío espeso diluía sus sueños, cayendo despiadadamente su felicidad. Sus flébiles ojos, ardían envueltos en negra llama, tan negra como la pena que reside en sus parpados. Aguardaba morir como las rosas castas.
Todo permanecía inmóvil, se habían escondido hasta sus palabras, imponía a su voz el encierro para no mostrar el peso de la perfidia.
¡Nunca!, nunca había sentido tanto dolor!  En la  oquedad de su alma, alrededor de cada lagrima, la esperanza olvidada. Era como estar entre los fogonazos del infierno renunciando buscar otros horizontes.
La primavera de sus años se habían extinguido, castigándose a vivir en las cenizas de sus abriles idos.
Sin embargo, no manifiesta indignación ni retuerce sus labios por el sufrimiento,  simulaba haberlo olvidado todo, no tenía mas pecado que haber entregado su corazón a aquel que no mereció su pasión. Y en esa vida soñolienta… las horas parecían interminables. Se acababa su tiempo, aquel cuerpo sólo denotaba la pulsación de los nervios sangrando callada, doliendo las ansias en su lecho, erigiéndose  la inocencia en sus bordes amoratados por el invierno.
Amarlo fue mas que un afilado tormento. Fue mas que la tartamudez de un pretexto para subsistir.
¿Acaso la ilusión de una mujer desvelada pueda sucumbir así, entre súplica y confusión?
Todo está  perdido. La noche tiene aspecto de asesino.
Se derrumba en sigilo.
Tras su última mirada, espera el ultimo tren que la transportase al olvido, y con sus brazos extendidos, seguía llevando dalias muertas en las palmas de sus manos.