01 marzo, 2010

Exquisito suicidio

Agotado de buscar la perfección en el relato, de buscar la perfección en los espacios en blanco que se aparecían tras las comas, tras los puntos, tras el enigma del sinónimo... decidió suicidarse. Lejos de programarlo fue la simple inercia quien lo guió. Tenía un bisturí y tenía unas venas en la muñeca bien marcadas, colapsadas de sangre. Pero antes, decidió sentir algo de placer. Se preparó una pequeña taza de nueces y pasas que regó lentamente con un viscoso chorro de miel dorada. Para introducir las nueces ya peladas en la taza, sin la coraza que las protegía como si fuera el cráneo de un cerebro, partía éstas a la mitad, y lentamente, dejaba caer las partes del fruto seco en el recipiente, con parsimonia. Se le parecían las nueces a pequeños cerebros humanos, salvando su color y su complejidad. Era música para sus oídos aquel sonido de la nuez mascada por sus muelas. Era sexo para su paladar aquel exquisito sabor, ésa mezcla dulce de las pasas y la miel con lo amargo y áspero del fruto del nogal. Después de esto, la incisión en sus muñecas fue muy llevadera y él se dejó arrastrar hacia otro lugar, siguiendo los ríos de sangre que se creaban por la habitación, mientras con su lengua, limpiaba sus dientes de los restos de nueces y pasas para así poder tragarlos también.
Texto: El Jugador