09 marzo, 2010

Kafka en Buenos Aires

Con muy pocas páginas y la lenta dosificación de una trama más bien frágil —en apariencia— “El Oficinista”, de  Guillermo Saccomanno, va edificando frente al hipnotizado lector un escenario desolador, contaminado de un desasosiego que por momentos amenaza con convertirse en un verdadero Apocalipsis social que de inmediato nos hace pensar en “Blade Runner” de Ridley Scott y en “Brazil” de Terry Gilliam: perros clonados, furiosos mendigos, coches bomba, apagones, una ciudad decrépita, la crueldad sin ley de una población joven y sin esperanza, pero sobre todo el perturbador espectáculo de una oficina que parece no tener ninguna finalidad financiera aunque sí todos los despropósitos para envilecer al alma humana.  Saccomanno, ganador del más reciente premio Biblioteca Breve con esta novela,  ha encontrado una nueva veta para seguir indagando en ese territorio árido y terrorífico que ya nos mostrara Kafka y algunos otros seguidores del escritor checo: un espejo donde cuesta reconocerse y reconocer la sociedad que tan minuciosa como fieramente hemos construido durante el siglo pasado.
Un oficinista sin nombre se enamora enajenada,
arbitrariamente, de una compañera de trabajo. Está atrapado en el laberinto del desencanto familiar —su mujer y “la cría”, es decir, los hijos—; también está aniquilado por el temor absoluto y cotidiano de perder su empleo tan gratuitamente como cualquier otro compañero de trabajo; está aferrado a la mezquina bajeza de hacer todo lo posible por conservar su lugar en la oficina y no ser expulsado de aquel infierno que sin embargo es lo único real que tiene: allí fue donde inició su romance. La vida de este oficinista de perfil kafkiano es un largo pasillo con olor a encierro que conduce de su casa a la oficina y de esta a la primera. Las calles turbias de este Buenos Aires que al mismo tiempo es cualquier capital hispanoamericana—y si me apuran, del mundo— son un campo minado donde los tiroteos, los ajustes de cuentas y la omnipresencia de un ejército vagamente vinculado a una hipotética dictadura agravan la situación. Y tal situación, el drama minúsculo y cotidiano de quien se enamora de otra mujer tiene aquí la consistencia elusiva de las pesadillas, de ese emplazamiento tumefacto y algodonoso del que uno siempre quiere despertar.
Saccomanno trabaja un lenguaje pulcro, de palabras pulidas como guijarros en el lecho de una corriente narrativa tan intensa que termina por llevarse a su paso toda objeción, toda posible incredulidad del lector al adentrarse en esta novela que, increíblemente, se lee de un tirón. Quizá porque el horror que muestra no es el horror brutal y sin paliativos que hay en otras novelas sobre la terrible situación de las grandes ciudades hispanoamericanas, sino un terror más sutil, más emparentado con la fatalidad, con cierto desgaste existencial que nos emplaza a todos los seres humanos con nuestros temores más básicos: perder la seguridad de un hogar o de un trabajo, lanzarse a un nuevo amor, a una aventura que somos incapaces de dominar, perder incluso la ilusión de la vanidad. “No me conocen”, dice en algún momento el Oficinista, “no saben de lo que puedo ser capaz”, alardea con una fiereza patética. Pero al momento cae en cuenta de que él tampoco se conoce, tampoco sabe de lo que puede ser capaz. Como casi todos.
Crítica: Jorge Eduardo Benavides



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