10 marzo, 2010

Mar

Llevaba siempre el libro encima, aquel de aforismos invertebrados que se retorcían con cuatro o cinco frases en cada uno, a lo sumo. Lo abría a veces, para que estas sentencias, medias bífidas y corrosivas, entraran por sus ojos a modo de bisturí que seccionaba e indagaba por algunas zonas inexploradas de su cerebro. Otras veces, la mayoría, y en su vagancia, el libro hacia las funciones de almohada; y entonces era el sol el que se le colaba, traspasando su frente y bifurcándose por sus sienes, siendo este fuego el que también derretía algo su mente poco conocida. Pero también dejaba hueco para que nada cercenase su materia gris. Miraba al mar entonces. Sentado, dejaba que este se le derramase entero por los ojos y se le colara por los oídos, con su canto rasgado y abrupto y su fachada de horizonte. Era su pecho el que sufría algo en esos momentos, una especie de explosión a modo de latido sereno pero muy consciente, como si el corazón fuera una batería que dominásemos. Cuando sucedía este estallido, los invertebrados aforismos, desintegrados, caían en el olvido y el sol se quejaba rabioso por tener un papel secundario en aquella película.
Texto: El Jugador