29 abril, 2010

Rencor


Frío. Me recorría la espalda, erizándome el vello.
Asco.
Me tendía la mano en un gesto displicente, dándome a entender, sin una sola palabra, su posición superior a la mía.
Y supe que era sólo el principio del fin, de lo que irremediablemente tendría que llegar.
Sequé el sudor de la palma en el interior del bolsillo del guardapolvos, buscando eliminar cualquier rastro de la untuosidad que me ofendía.
No sé por qué había accedido a quitarme los guantes, no se por qué acepté su gesto de tregua.
Tuve la certeza de mi error cuando sentí el crujido de ramas secas de su garganta bajo mis dedos, años después, cuando su superioridad no pudo con mi rabia, cuando la venganza secó las palmas de mis manos.
Texto: Ana Joyanes