04 mayo, 2010

Espíritu


Me envolvió un frío intenso, sabía que era él, había muerto hacía dos semanas pero no paraba de mandarme señales provocadoras.
Empezó a tirar uno a uno los libros de la estantería que estaba encima de la cama de matrimonio.
-¡Para! le grité aterrada, ¿qué quieres?...
Sabía que intentaba demostrarme que no se había ido, sabía que no quería hacerme daño, pero era una situación tan descontrolada, se salía tanto de la razón que me tenía paralizada en un rincón de la cama con las extremidades encogidas y el sudor brotando por todos los poros.
Hacía unos días que me despertaba en la noche notando caricias demasiado familiares, revolviéndome entre las sábanas de placer, hasta que me despertaba, y el miedo a la sensación de realidad en la soledad me dejaba con la duda del que está perdiendo la cabeza.
Por momentos me alegraba de que no se hubiese ido del todo, que pudiera sentir su presencia, aún sin verlo, sin tocarlo, sin escucharlo. Al instante quería emprender una nueva vida, dejar que esa obsesión no penetrara tanto en mi mente que me llevara a perder la razón.
Me pareció escuchar unas sirenas en la oscuridad, y pronto esa inyección me llevó a un profundo sueño.
Desperté llena de cables, correas y me dí cuenta que lo había conseguido, pretendía que solo fuera para él y me encerró en aquella habitación blanca donde solo podría convivir con él, con su espíritu. Para el resto del mundo estaba loca...