16 mayo, 2010

Formando palabras


Es una noche sin luna en la que el viento silba y los árboles sueltan sus melenas. Los dedos teclean formando palabras, y estas frases que no dicen nada. Soy una autómata...


Una persona de antaño del siglo XVII ó XVIII a saber, en una habitación alumbrada por la tenue luz de una vela escribe acurrucado en una mesa, raspa suaves trazos con su pluma empapada de tinta en una hoja de pergamino. Es un escribiente harto de copiar que da rienda suelta a las palabras para contar una historia que viene sola, y José Viera escribió:
Vivía en la misma quinta de Daute un viejecito, molinero de aquel trapiche, llamado Diego Pun, que divertía a todos por la inocencia con que creía que el inventar y pronunciar voces insignificantes y estropeadas, era hablar el francés en verso y prosa: así la gaceta y los demás papelillos que la siguieron, salían todos bajo el nombre de Diego Pun”
Allá por el siglo XXII, un joven frente a una pantalla volátil abandona a un lado su libro electrónico para intentar plasmar la pasión en un primer poema. El joven escribe en el aire "él es un tsunami que arrasa mi pecho", y lo borra desconcertado. Se refugia leyendo a Luis, que dice así:
Si después de leerlo sientes sed
es que el discurso es fértil;
léelo aún, y más: la sed engendra sed.
Qué error el del saciado;
no conoce la sed de la sed que no acaba.
La noche sigue, el paseante con el perro regresa a su casa, la calle queda desierta otra vez, los dedos teclean la última palabra.

Texto: Dácil Martín