15 mayo, 2010

Tras la sonrisa (XIII)


Sus pensamientos, viajeros ausentes de aquel cuerpo en forma de barco fantasma, que parecía navegar por el Mar de los Sargazos, sin rumbo ni destino conocido, giraban sin parar en la búsqueda de un punto de referencia que diese sentido u orientación a las ideas que se descomponían en flashes. Las calles, cada vez más estrechas, arropaban, con sus frescas sombras, a la extraña figura que martilleaba los adoquines, sumergidos, con frecuencia, en espesos charcos, desde donde ascendía un hedor húmedo y cálido. Victoria Eugenia pareció despertar cuando el eco de gritos lejanos y el ruido de alguna motocicleta se multiplicaba por el apretado espacio de la callejuela. El frío de la corriente de aire parecía rasgar su piel, que se rebelaba provocando una reacción de extrañas sensaciones; y sus ojos parecían abrirse para descubrir un submundo sombrío y amenazante que le resultaba desconocido. Comenzó a sentirse observada, casi vigilada, desde las alturas por algunas miradas. Se sentía perdida y amenazada en aquellas aguas peligrosas, donde, seguro, acechaban a víctimas como ella. Temerosa, dudaba, sin saber hacia dónde ir, a medida que la calle serpenteaba, desapareciendo cualquier rastro humano justo en el momento en que, al girar, la calle se volvía oscura bajo un edificio antiguo. Su miedo se transformó en un temblor, casi doloroso, y su respiración se volvió agitada y entrecortada, sus ojos insistía en visualizarlo todo y sus oídos afinaron su agudeza para detectar lo que presentía. De repente un ruido la alertó y salió disparada por aquella galería, pero, cuando ya llegaba al final del túnel, miró hacia atrás desequilibrándose y cayendo violentamente al suelo, junto a unos trastos viejos, que estaban repartidos a un lado de la calle. Por un momento quedó aturdida, hasta que, tras los siguientes segundos, un intenso dolor se fue apoderando de ella. Notaba como sus manos, que intentaron minimizar la caída, estaban ensangrentadas, y casi insensibles; su cuerpo magullado presentaba algunas pequeñas heridas, pero lo más que le preocupó fue ver como su rodilla se hinchada, sin apenas poder moverla. Dolorida se quejaba entre sollozos, sin dejar de mirarse, hasta que algo le llamó la atención. Vio moverse unos cartones, arracimados junto a la salida del túnel, del cual empezó a salir una silueta, a la que Victoria Eugenia miró con desprecio, sin lugar a dudas era el origen de lo que le había ocurrido, pensó. La oscura silueta seguía siendo oscura cuando finalmente se liberó de aquel envoltorio, como si fuese un ave recién nacida. Sucio y grasiento el hombre negro miraba fijamente a Victoria Eugenia, tratando de darle sentido a lo que veía. Su cara cambió de color cuando vio acercarse al hombre alto y delgado que se movía torpemente. Parecía un gran espantapájaros desarrapado con su gorro del que salía mechas de pelo amasado y lucía una encanecida barba de varios días. Cuando se arrodilló hasta ella y agarró su pierna, Victoria Eugenia, quiso gritar pero, extrañamente, no salía ningún sonido de su boca abierta, sin duda era una mala copia de “El Grito” de Edward Munch. Antes de desmayarse lo último que percibió fue la melodía de su móvil que retumbaba  sin parar en sus oídos.

6 comentarios:

  1. ¡Lo haces aposta! Tú quieres que me encariñe con esta mujer. Menos mal que aún sigue siendo una engreída incluso en su desgracia, porque no soportaría tener que quererla.
    Este pasaje está francamente bien, muy bien. Puedes palpar el estado físico y mental de Victoria Eugenia, su miedo y desconcierto.
    Y ese sin techo que aparece ahora nos deja en ascuas.
    Me ha encantado

    ResponderEliminar
  2. Opino como Ana J. Creo que vamos a hacer un viaje, mal que nos pese. Pero me huelo que no va a ser el crucero de placer aburguesado que nos imaginábmos al principio. Me parece que vamos a conocer otras partes del ser humano.
    De momento el viaje de Victoria Eugenia hacia las entrañas de la ciudad, se está convirtiendo en un viaje a sus cloacas.
    A esta mujer le encanta caerse por el suelo. Pobrecilla. ¿También es esto una metáfora?

    ResponderEliminar
  3. Bueno, Ana, tampoco llegues a quererla mucho porque te dé lástima. Yo espero que cambie a lo largo de su "aventura", pero, sinceramente, esta mujer puede resucitar en cualquier momento y liarla.

    ResponderEliminar
  4. Armando, como podrás comprobar, ya hice algunos cambios al final del texto, incluso te tomé prestada algunas palabras, gracias por las recomendaciones.

    Tienes razón, esta historia tiene mucho de crítica social,y no solo la encontraremos en esos barrios marginales, también los lujosos cruceros tiene su territorio marginal ¿dónde? pues, exactamente tras la sonrisa.

    ResponderEliminar
  5. Dácil Martín16/5/10, 18:20

    Tremenda culminación de sustos (por ahora)que han llevado a Victoria Eugenia al desmayo. Estoy de acuerdo con Marcos, yo siendo el hombre negro ni la tocaba, quien sabe de lo que es capaz. Bueno, Juan sí.

    ResponderEliminar
  6. Sí Dácil, mejor salir corriendo. Gracias por tu comentario.

    Besos

    ResponderEliminar

Gracias por contribuir con tus comentarios y tu punto de vista.

Los componentes de La Esfera te saludan y esperan verte a menudo por aquí.

Ésta es tu casa.