22 mayo, 2010

La Pesadilla



Se adensa la noche en vapores inasibles. He despertado cubierto por un sudor pegajoso. Me gustaría saber qué me ha despertado exactamente. A mi lado, junto a mi brazo izquierdo su respiración tibia me acaricia. El aroma de su aliento sigue siendo el aroma de la luna.
No sé si ha sido un grito dentro de la pesadilla el que me ha despertado, o ha sido un grito de fuera el que se ha colado en mi sueño de terror y me ha sobresaltado más aún.
Ella no ha sido, salvo que su grito hubiera sido emitido por culpa de otro sueño y no se hubiera enterado. Pero su relajado semblante de nácar, casi sonriente, y lo tenue de su respirar, no permiten adivinar o intuir algo así.
Me levanto. El silencio se agita, casi vibra, como si la densidad del calor de la madrugada fuera a romperlo. Sólo pretendo beber un trago de agua, para borrar de mi recuerdo su sabor podre todavía pegado al sueño.

Creo que el grito procedía de mi propio subconsciente que hoy, por razones que no me explico, está más agitado que de costumbre.
Doy una vuelta por el piso. A pesar de que las ventanas están abiertas, no se nota ningún frescor. El pasillo y las otras habitaciones vacías están dormidos. Antes de volverme a acostar, me enciendo un cigarrillo que me fumo en el alféizar de la ventana del salón. Pretendo contemplar las estrellas, sin embargo la luz de la farola me lo impide.

Culebreo con mis ojos legañosos calle abajo y la primera vez no reparo en ella.

Cuando hago el mismo recorrido a la inversa, su presencia golpea mis retinas como si el campeón mundial de los pesados hubiera estrellado sus puños de piedra sobre mis párpados. Es un cuerpo de mujer, tendido inerte en mitad de la calzada. Podría haber sido la emisora del grito que ha acuchillado el silencio de la madrugada.
El cigarrillo se ha quedado a mitad del trayecto que le conducía a mis labios. Pero esa figura de mujer yerta sobre el asfalto ha revelado los fotogramas dispersos de la pesadilla.
Es su misma silueta.

En mi sueño yo estba abajo, contemplando lo mismo que ahora veo, pero sin poder intervenir en el devenir de los acontecimientos, se trata de una película en tres dimensiones. Si todo ha sucedido como en mi pesadilla, un hombre la ha apuñalado por la espalda, justo, en ese momento ha gritado y su chillido me ha despertado.

Deduzco que su grito real,en medio de la noche, ha coincidido con el alarido de la pesadilla.
No sé si llamar a la policía o esperar. Me detiene una pregunta, ¿soy testigo del crimen o soy sólo un ciudadano que ha descubierto un cuerpo tendido en mitad de la calzada? (Sé que ella está muerta).
Pasan los minutos, he acabado mi cigarrillo. He decidido alertar a la policía, porque, al fin y al cabo, concluyo, he sido testigo de un crimen y reconocería al culpable en cualquier parte. Su mirada de odio algo enajenada no se podría confundir entre un millón.