12 mayo, 2010

Sueños

 
La decisión ya está tomada. No lo aguanto más. Mi límite de ingesta y tolerancia de mierda ha llegado a su fin. No soporto su falsedad, sus mentiras. Mentira, su patria la mentira. Es necio, rastrero, manipulador, cobarde, un perfecto hijo de puta sumergido en la superficialidad y la traición. Pero se acabó. Hoy ha llegado el día.
Ahí está el muy cabrón, tras la puerta de cristal, en el rellano de la escalera de incendios. Fuma y habla por el móvil. Distraído, mirando al horizonte, traspasándolo con su cínica y altiva mirada. Abro la puerta, por sorpresa, violentamente. Me observa de soslayo, sin interés. Lo agarro por los hombros y le golpeo en el vientre, blandiéndole mi rodilla. Expulsa todo el aire que contienen sus podridos pulmones, el cigarrillo, el móvil, saliva. Se doblega. Bien. Le atizo nuevamente, esta vez en la cara. Noto el crujir de su pómulo, como ha cedido la piel y el hueso. Mi rodilla se hunde en su rostro tras la embestida. De inmediato cae al suelo, aturdido y aterrorizado. Sus ojos irradian temor y angustia. No dejo que recupere el aliento. Le estrangulo su fétido cuello con mi ira y mis manos. Cada falange, cada metacarpiano, aprieta. Aprietan con fuerza, con rabia. Continuo. Golpeo su cabeza en la puerta de cristal. Lo rompe, la traspasa. Su cuerpo se desmorona hacia el interior del edificio. Frágil y baboso. Su rostro deformado lo cubre un manto de sangre espesa y oscura, insertado en afilados cristales de pequeño tamaño. Sus pupilas se pierden en algún lugar del cráneo mientras convulsiona. Sus ojos en blanco teñidos de rojo. Mis ojos vidriosos y ardientes. La imagen es terriblemente brutal. Me gusta. Lo observo, agonizante y desprotegido. Ha sido como una gran explosión de adrenalina, de cólera. Sus ojos se apagan, su cuerpo se detiene, se apaga. Por fin me relajo. Resoplo un profundo bufido. Sonrío. Me marcho.
Amanece un nuevo día. Me despierto tranquilo, descansado, especialmente aliviado. El insomnio ha decidido esta noche concederme una tregua. Llego pronto al trabajo, atravesando el mismo pasillo monótono y lúgubre del edificio. Al fondo, frente a mí, el rellano de la escalera de incendios. Y allí está, fumando y hablando por el móvil. Ese maldito cabrón, el perfecto prototipo de hipócrita. Que crueldad que los sueños sean sólo eso, sueños.