13 junio, 2010

Mi robot



Desperté y las lucecillas verdes de sus ojos desencadenaron en mí un alegre impulso por saltar de la cama y sucumbir a las tareas que, a partir de entonces, eran encomendadas para ambos. Cualquier movimiento que hiciese, su cuerpo articulado giraba graciosamente en pos mía acechando mis pasos y mi sombra.
Nuestro trabajo consistía en verificar la existencia de especies vegetales o animales que habían sido previamente localizadas por los grandes observatorios cósmicos. Aquella vez teníamos la misión de encontrar a una población de saltamontes. El pequeño animal habitaba en una isla remota de un inmenso océano, y situada al soco de los feroces vientos del aquel invierno del año 2238.


Mi compañero robot tenía que encargarse de ajustar las coordenadas del lugar, y yo in situ, de buscar al insecto tan singular. Según la información de la que partíamos, el saltamontes estaba provisto de un extraordinario sistema de amortiguación en sus patas que le permitía salvar grandes distancias y caer de nuevo al suelo con un mínimo impacto y gasto de energía. El animal era considerado una valiosa máquina viva e interesante de biomimetizar por los diseñadores de artefactos para las misiones de difícil acceso a territorios o de todos los planetas.

La nave sobrevoló la isla y se posó cuidadosamente. Un riachuelo de aguas claras corría despacio. Plantas silvestres y espigadas gramíneas eran batidas por el viento formando mareas doradas que erizaban la inmensa llanura. Mi robot suspendido a un metro del suelo comenzó a rastrear y a marcar la orografía del terreno, mientras que yo pisaba tierra y experimentaba una agradable sensación. Anduve varias horas inspeccionando praderas y valles sin encontrar a ningún pequeño saltamontes que me invitara a seguir su vuelo. Habían pasado pocos días desde la detección de los bichos por parte del radar más sostificado del planeta.

Abandoné entonces las zonas más altas de la isla y me dirigí a la costa. Imensas olas blancas embestían con dureza a los acantilados. Observaba fascinado el espectacular paisaje cuando una sombra voló rápido hasta perderse en un desfiladero. Ordené a mi robot que se abstuviera de acompañarme, y escalé hasta ese lado de la costa donde me pareció verla desaparecer. En una amplia playa de arenas negras, y sobre una rocalla, descubrí a una grandísima ave devorando a su presa. Intenté darme la vuelta con cuidado cuando tropecé con unas patas gigantes de un insecto saltador, más bien parecido a un saltamontes. Poco tardé, tal vez milésimas de un segundo, en deducir que nos habíamos equivocado de planeta.

Texto: Dácil Martín