12 mayo, 2011

Patio


Sudorosa, cansada y con dolor de cabeza. Se había pasado todo el fin de semana delante del ordenador, soportando el calor que emitía el aparato inmundo y traduciendo a un soporífero poeta que se regodeaba en el dolor de un amor imposible. Había sido un encargo de última hora y por compromiso, que son los peor pagados, pero no podía negarle nada a Germán, gracias a él tenía contactos en muchas editoriales y, en los momentos malos, siempre le mandaba algún trabajillo que le ayudaba a llegar a fin de mes. Éste le había obligado a quedarse en casa con el aire acondicionado estropeado desde el jueves y el electricista sin intención de venir hasta la semana siguiente.

A las nueve y media del domingo se tomó la primera cerveza del week end, no bebía mientras trabajaba, le salían unas traducciones demasiado libres. Se asomó a la ventana de la cocina que daba al patio pues corría un airecillo de lo más refrescante. Desabrochó su tenue camisa para que una temperatura mucho más baja que la suya corporal le acariciara directamente la piel. Recogió su melena rubia en un improvisado moño y pasó la lata de cerveza por la nuca a modo de masaje que le aliviara la jaqueca. Cerró los ojos y suspiro en el disfrute del momento. Prosiguió, inconscientemente, abriéndose la camisa, apartando la húmeda tela de su cuerpo ávido de frescor. Tuvo que reprimir el impulso de quitarse el sujetador al darse cuenta de su situación. Cerró azarosamente la blusa, mirando si algún vecino estaba, como ella, apoyado en la barandilla en busca de aires menos calientes. Sólo vio un visillo que se movía asustado. Era el vecino de enfrente, el estudiante de medicina, lo adivinó ya que la silueta era alta como él. Su primera reacción fue meterse en la cocina, pero lo pensó mejor: continúo pasando la lata, cada vez menos fría, por la nuca, por el cuello. Observó que el visillo volvía a moverse, a apartarse tímidamente para dejar un ínfimo hueco por donde una mirada se escapaba. Gabriela sonrió con toda su boca y toda su cara de niña traviesa. La lata servía de apisonadora que apartaba cualquier obstáculo para pasar sobre la tersa piel blanca: por los hombros, los brazos, el pecho. Máquina infernal que dejaba caer al vacío la ropa de Gabriela. Cuando el cilindro, ya caliente, pisaba los pezones, el estudiante vecino apareció al descubierto delante del inservible visillo deleitándose con el espectáculo. Gabriela se soltó el pelo, se mordió el labio inferior y le guiñó un ojo al futuro médico. El chico salió disparado de la ventana.

Gabriela se dirigió a abrir la puerta con dos cervezas frías, había que prepararse para el sofocante calor que se avecinaba.


©Anabel
Narra: La Voz Silenciosa