27 septiembre, 2010

La muerte carmesí



una imagen en blanco y negro, humo saliendo de un cañón y la bala estrellándose contra mi pecho, que inunda de rojo mi camisa blanca.
Pasos lentos, seguros de tacones altos y besos falsos. Tú, de carmín de labios carmesí, como el color de tu melena, cayendo por los hombros níveos, moteados de pecas ambarinas. Con el revolver en alto aún humeante y la sonrisa diabólica, de planes terminados y fines alcanzados.
Sonidos de sirenas, aúllan en mis oídos esperando que no sean imaginaciones mías, mientras, caigo derrotado. Siento como la mano huesuda de la muerte me sonríe y toca mi hombro, noto mi cara lívida y casi sin vida reflejada en su guadaña.
"Quieta, policía" escucho en la lejanía, los pasos se vuelve erráticos, caóticos, entrópicos y letales, disparos... 1, 2, 3, 4, 5.
Cae el revólver y rueda hacia mí, me noto ausente, frio. La muerte me sonríe, miro más allá de su capucha negra, veo una calavera con dientes brillantes como perlas y cuencas vacías. Noto algo, se van rellenando de carne, de sangre, de muerte, el cráneo se cubre de venas, de músculos, piel y pelo; la muerte ya no es huesuda, es mi propia cara la que ahora me sonríe.
Así es así como morimos, sin ver el túnel blanco, sin seres queridos, sin despedías al estilo del mago de Oz, solo ella.
No me muevo, no me siento, ya no pertenezco a ese mundo, mi visión se va tornando oscura.
En el suelo con la cabeza ladeada solo alcanzo a ver... el revólver y ahora a ella; caída al lado mío con su melena roja sobre su cara cubriéndola media faz sus ojos me miran, solo puedo sonreír, al menos lo intento, al menos creo que mi cara ha esbozado una leve sonrisa...
Entre nosotros, su mano con la palma arriba, sus dedos aún se mueven, y ahí esta ella, la muerte, de nuevo su cara es hueso, tétrico, duro, eterno, se mueve lentamente, no tiene prisa. Planta una rodilla en el suelo y se agacha, un sonido tétrico, como murciélagos chillando, como cuando arañas una pizarra con las uñas y todos excepto tú se estremecen... sale de la negrura que es ahora su capucha.
Veo oscuridad, pero siento terror, pavor, gritos de pena, desgarrados, dolor, mucho dolor, pero no soy yo es ella, mi femme fatale, mi pelirroja diabólica que ajusta cuentas con la única que nos da toda una ventaja de por vida.
Ahí tumbado... muerto, ya no veo, no oigo, no siento, solo rezo. Rezo porque mi huesuda amiga no me haga lo mismo que le ha hecho a ella, aun retumban los gritos de pánico y terror y aquella mirada de su cuerpo sabía que no iría a un buen lugar...

Texto: William Ernest Fleming