10 octubre, 2010

Con acento del sur


La joven morena de pelo rizado y curvas bien servidas salió de la tienda de menaje barato y se desplomó descolorida en la acera justo delante de mí. Me agaché a socorrerla:
–¿Qué te pasa?, ¿te encuentras bien? –quiso pronunciar palabras, pero sólo alcanzó a emitir un murmullo.
La vieja enlutada hasta la cabeza salió detrás. Socarrona me dijo:
–Son los nervios: es que se casa con mi hijo el sábado y está que no come ni duerme. Lo normal, ya ve usted.
La chica, alta, exuberante, casi excesiva, mantuvo los ojos en blanco unos segundos, pálida, sudando frío, nauseosa. Giré su cuerpo de lado para que no se vomitara encima. Le seguí hablando hasta que empezó a escucharme. Sequé su frente, solté la ropa. Le devolví el bolso que se apretó al cuerpo como si escondiera sus tesoros, o sus respuestas.
Desde que consiguió despertarse apenas, me agarró la mano con fuerza, pidiéndome una ayuda encriptada: parecía querer gritarme las palabras que la ahogaban, haciendo por vomitarlas. Pero yo no sabía en qué podía ayudarla.
Luego me dijo con acento del sur:
–Gracias. No sé qué me pasó, fue como si el aire no me entrara ni saliera. Después se puso todo negro, y ya nada más.
–¡Ah!, aquí viene mi Manuel. ¡Anda y atiende a tu novia! ¿No ves cómo la tienes de puros nervios? –volvió a hablar la vieja, entusiasmada.
Y Manuel se acercó:
–Yamilet –pronunció con la dificultad obligada de su retraso mental.