08 octubre, 2010

Doña Paquita


"Salían las risas por las ventanas abiertas, se escurrían por debajo de las puertas, trepaban por los respiraderos de la cocina."

La descabalgó del duermevela el sonido impío del reloj de la mesilla. Ya no tenía que madrugar, hacía muchos años que el tiempo discurría para ella plácido sin las premuras de la juventud, pero la costumbre adquirida primero en la casa paterna y continuada después en la conyugal, la obligaba a madrugar fruto de la rutina y la costumbre.

Se apresuró todo lo que pudo con sus pasitos cortos de viejecita torpona y por fin, antes de que ocurriera el desastre, llegó a su destino a tiempo - ¡ay, por Dios qué alivio! –. Durante las noches era frecuente el trajín de idas y venidas para el mismo menester – la edad no me perdona-. Después de asearse, mientras murmuraba entre dientes la oración de la mañana, se apresuró a la cocina para desayunar. Nunca lo hacía en exceso: una tacita de café con leche, una lonchita de jamón o pavo -¡vaya usted a saber de qué estaría hecho eso, por Dios! -, una rebanada de pan integral para ayudar al intestino remolón y alguna pieza de fruta. Tanta frugalidad en esta, como en las otras comidas del día, era por la extrema rigidez en la que fue criada, y no por precariedades económicas ya que su difunto marido, militar de profesión y de procesión, le había dejado una pensión de viuda cumplida
y unos ahorrillos suficientes para holgarse sin derroches. Cuando adecentó la cocina y echando una mirada escrutadora quedó satisfecha con la compostura, se encaminó al baño para iniciar la ceremonia cotidiana de componer lo incomponible y rehacer lo deshecho antes de bajar a la tiendecita de la esquina para sus menguadas compras diarias.
Se miró al espejo y su cara difuminada tomó enseguida forma gracias a sus lentes presbíticas de abuelita buena. Primero peinó el cabello blanco con esmero, colocando un mechón cuidadoso sobre su alopecia de abuela sin nietos, otro torsionado en espirales imposibles para darle gracia al peinado; posó la mirada en el rostro, se entretuvo en los ojos, llenos de arrugas que su larga vida se había encargado de dibujar, sin prisas pero sin pausas. Se fijó en el gris de sus pupilas y no vio en su fondo más que restos de naufragios antiguos y mar de fondo - ¡con razón se desbordan tan a menudo!-. Intentó trazar la rayita negra del párpado lo más recta posible, a pesar de tanto desastre dérmico, un poquito de color suave y se contentó al comprobar que había disimulado levemente los zarpazos titánicos del tiempo. Al concentrarse en la boca le dio un vuelco al corazón, sus labios y mire usted que le prestó atención escrutadora, no tenían ni un solo surco, ni una m! inúscula arruga que delatara el paso del tiempo; miró y remiró con gafas y sin ellas y hasta trajo la lamparita del dormitorio para intentar comprender lo insólito.
Se instaló pensativa y aún nerviosa en su sillón preferido. Hizo millares de conjeturas, destripó infinitos delirios, pero no daba con la solución al enigma en el que antes jamás había reparado. Contemplaba, con el pulso batiendo como alas de mariposa herida, sus macetas de geranios, las más hermosas del barrio –qué manos tiene usted para las plantas, doña Paquita -. Vio a una oruga pequeñita y verde caminar decidida por una de las hojas y su primera intención fue asomarse al balcón y desalojar a la fuerza al intruso inoportuno, pero había algo en ella que le hizo gracia, quizás su caminar alegre y despreocupado, quizás verla mordisquear con ansias la hoja amelocotonada, quizás la certeza de que pronto haría su capullo frágil y se convertiría en una mariposa efímera. El caso es que esbozó un amago de sonrisa. Luego sonrió al recordar los ademanes cursis de las madres sin hijos que tuvo que soportar en el colegio de monjas; se rió con su torpeza en s! u noche de bodas y el azoro de su recién estrenado esposo; se carcajeó como una boba al mirar, como si los viera por primera vez, los desconchones del techo, la carcoma de los viejos muebles y las persianas tuertas; se desternilló hasta saltársele las lágrimas al recordar el velatorio de su difunto marido: ella aún con el asombro en los ojos de viuda por sorpresa, intentando no descomponerse ante deudos y extraños, -¡Paquita, ante todo compostura que debemos dar ejemplo!-, y el cadáver inerte del finado descomponiéndose ante todos, sin pudor y sin compostura; casi se orina encima al verse así misma como lo que era en realidad, una pobre mujer desalmada y desarmada; se dobló sobre sí misma en un carcajeo eufórico y rebelde, hambriento de tanta contención, de tanto esperar lo inesperado. Una cascada imparable de “jas” inundó la habitación, la casa, el mundo entero. Salían las risas por las ventanas abiertas, se escurrían por debajo de las puertas, trepaban por los respiraderos de la cocina, corrían! por las tuberías jugando al que te pillo, atravesaban los patios y jugaban con la ropa tendida en las azoteas…