29 octubre, 2010

La guardilla



Cómo he podido prestarme a esta vejación! Servir a dos viejos decrépitos por unos euros menos de alquiler.
Pierdo más tiempo en prepararles la comida y lavarles sus miserias, que en hacer lo que realmente me motivó venir a este lugar.
Hoy escuché ruido en la planta baja, ¿cómo serán los visitantes de este mes?
Patricia se tumbó a todo lo largo. Era lo mejor de la guardilla. Un agujero perfecto en una de las vigas que formaba el suelo de la sala-comedor-cocina que componía los cuarenta y cinco metros cuadrados de vivienda. El deseo de todo voyeur.
Encajó su ojo en el orificio que parecía estar hecho a medida. Sólo podía observar una estrecha habitación que normalmente no se ocupaba nunca por los inquilinos. Cuando alguien la utilizaba, la tentación se convertía en deseo y espiar en una obsesión. Esta vez, la plenitud llegó a la planta baja, un cuerpo semidesnudo cubría prácticamente toda la visión que le permitía el nudo perforado de la madera.
El joven que dormía en la cama era perfecto. Su torso describía el movimiento rítmico y acentuado del que está sumido en un profundo sueño. La cara no se distinguía muy bien, el pelo largo le tapaba parte del rostro y la dejaba con la intriga abierta, imaginando unos ojos y una boca que encajaran con el perfil que buscaba, saboreando a su presa.
Había encontrado un buen espécimen para sus experimentos.
Se permitió estar el tiempo necesario hasta aprenderse de memoria cada centímetro de piel que podía observar, hasta fabricar una obsesión en su mente que llevaría al límite.