01 noviembre, 2010

Intuición





Viene aterido por la aspereza de la tarde. Llega empapado por la lluvia racheada, ante la que su paraguas ha actuado como estorbo y no como escudo. Intuye que el teléfono va a sonar, pero llegará tarde. No alzará en un primer momento el auricular, ni va oír al otro lado su voz de seda cálida, ahora muy asustada y dolorida. Sus piernas, cansadas después de una inútil caminata, no responden con la celeridad que le reclama el corazón que, antes que sus oídos, ha escuchado los dedos de ella a cientos de kilómetros tecleando los dígitos del número que conoce de memoria desde hace unos meses. Al abrir el portal, ha tardado unos segundos más de lo necesario, porque uno de los extremos de la arandela donde apresa sus llaves ha ensartado un hilo suelto de su chaqueta que hace tiempo debería haber arrojado a la basura. Aunque sus latidos y una extraña sensación de vacío le acucian, ha subido con morosidad los escalones que separan la entrada del edificio de la puerta de su vivienda, hoy silenciosa como un mausoleo. Quizá a un rincón lejano su cerebro haya llegado el eco tenue del último timbrazo, pero ha pensado que sonaba en otro domicilio, o que eran imaginaciones, aunque algo le decía que el sonido agudo había jugado como una pelota con las paredes del salón. Después de entrar, y mientras contempla con recelo el silencio que sucede al reverbero, recuerda que ha olvidado el móvil. Tres llamadas perdidas gritan una impaciencia desmesurada. Algo se resquebraja en su conciencia. Responde y nadie contesta. Con más nervios de los que desea reconocer, ahora es él quien teclea el número de ella que desde hace unos meses han memorizado sus dedos, del mismo modo que memorizaron el paisaje de su piel. Un zumbido lejano de tonos largos y rítmicos martillea su cerebro. Aún no sabe que ella ya no puede escuchar su impaciencia.