27 octubre, 2010

Qué sería yo sin mi mujer



Lucía se coloca encima mía, justo sobre mis rodillas. Me coge por el cuello, me acerca a su boca y empieza a hacerlo cómo a mi me gusta: primero, me la pone tiesa, con delicadeza, poniéndola a punto para lo que viene después. Entonces, con habilidad, la mueve de un lado a otro, por aquí, por allá, hacia abajo, hacia arriba, siempre sin perderme de vista… y por fin, sonriente y complacida –igual que yo-, remata su preciso ejercicio con un último y certero movimiento. Aliviado –qué sería yo sin mi mujer-, me voy a trabajar. El nudo ha quedado perfecto.