18 agosto, 2011

Ascensor


La gitana le dijo que una gota sería suficiente, dos demasiado, tres de efecto impredecible. Escéptico, consideró que tomárselo todo no sería excesivo para conseguir el efecto de “atracción irresistible” prometido.
Tras preparase para salir a la noche, apura el frasco, sale de su casa y pulsa el botón del ascensor. Cuando las puertas se abren, sonríe y su vecina le devuelve el gesto. Sus miradas colisionan. El hechizo toma forma y el fuego prende entre ambos. Sin una palabra de más, sin remedio, sus cuerpos se acercan. Embriagados por la extraña magia, se besan, se tocan, se deshacen en un furor que aumenta a medida que el ascensor desciende, piso a piso. La maraña de cabellos, de manos, de piel y sudor se golpea contra las paredes en una sinfonía de jadeos, suspiros y alientos. En un crescendo violento, su delirio se descontrola con rasgar de ropas, de cuero, de carne, y uno en el otro, mezclan saliva, sangre y muerte antes incluso de sentir apagadas sus ansias. Para cuando el ascensor detiene su movimiento, sus cuerpos yacen esparcidos de pasión, irreconocibles. Con un timbre que anuncia el fin del trayecto, las puertas se abren exhalando una bocanada de vaho a los absortos vecinos que, distraídamente, esperaban el ascensor.
Una gota sería suficiente, dos demasiado, tres de efecto impredecible. Ella también consideró que tomarse todo el frasco no podía ser excesivo.
Texto: Carlos Q.G.
Narración: La Voz Silenciosa