15 noviembre, 2010

¡Ay, mi Lola!



A Lolita te la comías a bocaos nada más verla. Con aquella chispa en sus carnes morenas, con aquella labia y sus guisos de los domingos. Se nos llenaban los ojos y las braguetas con sus meneos de cadera, con el lunarcillo que le acariciaba los labios y su risa cantarina y llana. Y como para no, con aquella Lola un poco asilvestrada, que decía que no se ponía pantalones porque las mujeres tenían que llevar falda, y si era de las de sopla y se levanta mejor que mejor, que aquellas piernas que tenía mi Lola eran para enseñarlas.
Tenía una tabernita en el centro de Madrid, y allí acomodaba los encantos y la sonrisa cuando, cada fin de semana, la tropa de escritorzuelos de tres al cuarto nos dejábamos ver para que nos hiciera la boca agua con sus maneras y sus cocinitas. Porque la Lola, que sabía de cantar un poquito y de cocinar aún más, enredaba con los pucheros que daba gusto, y entre vasos de vino a rebosar y unos cariñitos así como quien no quiere la cosa, nos tenía allí hasta las siete de la tarde mientras las mujeres nos esperaban en casa sartén en mano para dar de golpes al menos listo a la hora de meterle con calzador alguna excusa creíble. Pero bien que valía la pena arriesgarse a un mal golpe por parte de la parienta. Con aquellas vistas, aquellos pechos que se desbordaban y sus golpes de cadera, quién no se habría arriesgado. Valientes hubo incluso que, aún teniendo ella al marido en el piso de arriba, borracho de los de moler a palos a cualquiera, se arriesgaron a metérse! le entre las piernas. Pero Lola, muy digna ella, no le dejaba su coño a cualquiera. Y es que un coño como ese era de los de partirse la cara por él, te lo digo yo que lo caté a fuerza de boleros bien agarrados, y la Lola, que de tonta no tenía un pelo, lo festejaba con ardores y premiaba a los que eran más buenos con ella. Si fueron muchos o pocos, no lo sé, pero que tenía fama de señora de las que ya no quedan, eso te lo puedo asegurar.
Texto: Dara Scully