14 noviembre, 2010

Casi vivo



Abría los ojos al día artificial de manera intermitente. Como cielo un techo que aparecía y desaparecía con mi consciencia fluctuando entre el sopor de la química y la vigilia alentada por ráfagas de dolor. Por más que lo intentaba, no conseguía ubicarme. Los olores me eran extraños. Los sonidos lejanos, repetitivos, molestos a ratos, acompasando el latir de mi corazón y el respirar asistido de válvulas y tubos que según iba deduciendo me ataban a la vida. De nuevo me sentía arrastrado al sopor de un modo irresistible, de nuevo arrojado a la consciencia dolorosa de no saberme si estoy casi vivo o medio muerto. De nuevo ese molesto sonido.
De pronto una voz desconocida que me devuelve un poco mi humanidad. No sé quien habla pero me hace sentir persona entre tanto aparato frío. Una mano. Una risa lejana… tal vez sea que estoy casi vivo. No era capaz de recordar como había llegado allí. El accidente se había borrado de mi cabeza en cuanto esta se quebró, junto con las esperanzas de una vida tan joven, esparciendo casi toda mi alma en gruesas gotas sobre un negro asfalto. Ahora daba todo igual. Sólo entendía en mi momento más lúcido, mi ausencia de ganas por moverme. Si acaso pudiera moverme. Si acaso fuera capaz de respirar. Tal vez iba a ser que estaba casi muerto.
La paz llega de pronto, justo cuando entiendo, justo cuando recuerdo. La vida que se acaba por apagar me regala unos segundos de entendimiento. Los sonidos, las voces, el sol de fluorescentes sobre mi cabeza, el calor de aquella mano anónima. Por fin, alguien apaga el molesto pitido. Al fin, la máquina no respira. La oscuridad me envuelve como una cálido abrazo. No hay luz. No hay despedida. No hay drama en mi interior. Solo, me alejo de espaldas hundiéndome en la cama hasta desaparecer de este mundo, plácidamente, casi como cuando uno se duerme de puro agotamiento.
Autor: Carlos Quesada G.