14 noviembre, 2010

Se produjo un silencio



Se produjo un silencio casi imperceptible que llevó a reanudar las conversaciones de los allí presentes. La luz se había colado entre los flecos de la cortinilla que aun bailaba tras su llegada. La motas doradas flotaban en los haces luminosos que cortaban el aire espeso de olor a vinagre y que, entre sorbo y sorbo de vino, impregnaba la nariz hasta llegar a las gargantas. Al fondo se apostaban la viejas barricas de roble.
El recién llegado paseó tranquilo, contemplaba, tanteaba dando pequeños toques con los nudillos de sus dedos a las barricas medio llenas. En la pared amarillenta colgaba de un clavo un almanaque destartalado con círculos que marcaban fechas. Miró a la gente, algunos estaban de pie entorno a la barra, otros ocupaban las mesas. El suelo tapizado de serrín era flagelado por el rodar de alguna silla de quien, de vez en cuando, hacía ademán por levantarse para luego depositar con rigor y coraje la carta con los tres bastos que culminaba la jugada.

El sol bajó, se escondió detrás del valle dejando a la bodega en la penumbra. Encendieron unas lamparillas de queroseno para cada esquina. Las sombras en el pelo gris y en las facciones del borrachín lo tiñeron de joven, y su voz ronca fortificada malamente por los últimos dientes comenzó a canturrear... El ángel se acercó por fin, y se sentó a su lado. Con sus dedos hizo girar el vaso de agua que llevó después a la boca, tragó largamente, como saciando, calmando una profunda sed. Se miraron cómplices y siguieron bebiendo juntos, uno agua y el otro vino.


- Después de la penuuúrtima..., -decía el alcoholizado a su ángel - te llevaré a tu casa -y los dos rieron a morir.

Los demás oían al borracho loco hablando solo, y levantaban las cejas o los hombros con cierto retraimiento, como temiendo verse reflejados. Luego volvían a perderse en la partida interminable hasta que el gallo les cantara. Aunque eran los breves silencios los que parecían marcar el inicio de otra etapa en el tiempo.