26 noviembre, 2010

Ciclo vital



Yacía en una de las calles más transitadas de la urbe, aquella a la que había venido a morir pero que no le había visto nacer, lloraba de felicidad porque tuvo una vida satisfactoria y sus lágrimas se mezclaban con la tierra hecha lodo por la lluvia de otoño; y es que realmente vivió como quiso: fueron cincuenta y tres novelas de las mejores, catorce libros de cuentos cortos, una breve estadía por los escritos de un ensayista algo aburridor y el libro de colorear de Manuela. Tuvo la suerte de viajar largas horas, entre historia e historia, dentro un maletín no muy oscuro que le permitía seguir hablando con los personajes de los libros en descanso, con las letras, unas incómodas y otras alegres por el reconocimiento, porque Ernesto las había subrayado, el viejo del que sólo sabía que sufría a de insomnio y que era un lector empedernido; fueron veintitrés hermosos meses y hoy por fin entendía que a todo separador de libros, sea de cartón o de plástico, debe llegarle el día en que se pierde. Sigue llorando feliz a punto de deshacerse, feliz por su buena vida.
Texto: Juan Gabriel Vasquez