24 noviembre, 2010

Entre hayedos y robledales hallé un río


Entre hayedos y robledales hallé un río, escurría sus orillas entre los musgos y las hojas secas. Al acercarme a beber saltó, brincó brillante aguas arriba, a contracorriente, y tras él chapoteaba un oso que de un manotazo lo pescó. A todas estas debajo de una vieja encina una manada de jabalíes y oseznos se hartaban de bellotas.

El urogallo cantó al ocaso, la bruma cabalgaba hacia el sur, la brisa fresca enfriaba las mejillas de la chiquilla que divisando en lo alto de la loma a La Pintada y a Coleta, les silbaba. Quinientos kilos de peso rodaron, trotaron prado abajo mientras balanceaban sus ubres presumiendo de hermosas.

Es una tierra donde los valles se visten de verde y las coronas de las montañas se desmelenan pelirrojas en otoño.

Es una tierra donde se hoyan minas, y la gravilla negra arrebatada a sus entrañas oscurece los poros del río, de los caminos, de los corazones, de la piel del minero...

Una iglesia románica reposa en la huerta, custodia el templo con piedras que sisean hace tanto...


Cuando los ríos desembocan en el mar, se abrazan, mezclan sus aguas dulces y saladas. El mar es de color azul fiero, y embiste a las pretensiosas avenidas y a los acantilados que se interpongan a las olas saltando estas blancas y espumosas como nubes que fueron.

Es una tierra lejos de la mía, huele a hortelana, a manzana fermentada, y sus cumbres recuerdan al horizonte de mi niñez, cuando soñaba que me esperaba.

Una manada de caballos se escabulle en el bosque como el viento en un trigal. El lobo acecha desde la frontera.