24 noviembre, 2010

Los sueños


Odiaba escuchar, a mi alrededor, visiones nocturnas amenizando conversaciones. Las fantasías de los que alimentaban su mundo interior con sueños reales crecían al hervor de la envidia.
Nunca había logrado soñar nada, ni siquiera pesadillas que me hicieran temblar y desear no volver a cerrar los ojos.
La oscuridad llegaba a mi casa para aumentar el aburrimiento nutrido de un insomnio que regresaba cada noche.
Mi falta de iniciativa me hacía echar mano de fármacos que me pudieran construir un falso lecho para acomodar mis ilusiones.
La desidia, el hastío, la carencia de espontaneidad anulaban mi imaginación, convirtiendo en penumbra las largas madrugadas.
Meditaba cuál sería la causa de mi exigua capacidad de creación, para explicar mi inutilidad para inventar dormida, y despertaba en el abismo de una realidad insulsa.
Sin hechos no hay utopía, sin palabras no hay quimera, sin fantasía no hay realidad. Sin vida no hay sueños. Sin sueños no hay vida.