24 noviembre, 2010

Cinco segundos y medio

Al abrir la puerta, pensaba que el silencio era excesivo. Un par de segundos después se tropezó con un bulto que, al tacto de su pie cubierto por la suavidad de la piel del zapato italiano, le pareció blando, entonces se dio cuenta del error que había cometido al no girar en redondo y salir como alma que lleva el diablo a la protectora oscuridad de la madrugada. De inmediato pensó en su labrador, Sand. La luz de una poderosísima linterna cegó sus ojos y no pudo comprobar, mientras se desplomaba como un fardo de arena, lo acertado de su último pensamiento. Al caer sobre el cadáver de su perro, no sintió ningún dolor.

Ni le importó el robo de las joyas.