30 noviembre, 2010

El último gorrión


Madrid cogió la verbena. La ciudad volvió a despertarse envuelta en una espesa capa de polución. Hacía tres años que no llovía sobre sus calles. 
Los árboles estaban secos, el otoño había abandonado el Retiro e incluso el estanque estaba ocioso. 
Anastasio salió de su casa muy temprano y como cada mañana se dirigió al parque, escondiendo bajo el abrigo una pequeña botella de agua. 
Recorrió el paseo de coches y buscó el Palacio de Cristal. Allí se agachó tras un castaño marchito y silbó.
Un gorrión acudió a la llamada y bebió en su mano. Después de saciarse, voló hasta una rama alta y se durmió.


Texto: Federico Fayerman