01 diciembre, 2010

Amores líquidos



Amores líquidos, no sólidos, sino líquidos. Fluidos, que se derraman, que se difunden, se mezclan y se extienden. Pero no se confunden, se enriquecen en el intercambio. No sólidos, no rígidos e inflexibles, no exclusivos ni alienantes. Amores elaborados para navegar en mar abierto, sin temores de tormenta, seguros de las velas bien orientadas al puerto de destino, seguros de lo aprendido en muchos viajes. El destino solo alcanzado en parte, al que siempre le falta otra parte, la más deseada, la que colmará el anhelo. Imposible, el anhelo es anhelar. Nunca se está completo en la dimensión del deseo: es el que sopla el aire que infla las velas, el que encuentra el faro que ilumina la oscuridad, el que pertrecha para atravesar el temporal sin arredrarse ni acobardarse, el que hace eclosionar el goce. Es el que quiere más.
No amores esquivos, miedosos o paralíticos, sino decididos y generosos. No amores cansados o plañideros, sino trabajadores, divertidos. No amores envidiosos instalados en las tinieblas, sino brillantes, que miren hacia arriba para contemplar de día el vuelo de los pájaros y de noche el deambular de las estrellas. No amores enlutados, sino coloridos, florecientes.
No amores delirantes, sino deseantes y líquidos.

Texto: Ángeles Jiménez