14 diciembre, 2010

El Bulto


Carmelo llevaba un buen rato detenido a escasos metros de la verja intentando tomar la decisión adecuada, pero su corazón seguía latiendo a mil por hora.
Miró el reloj y pensó que su mujer empezaría a preocuparse. Se decidió a salir de la cabina para ver las consecuencias del accidente. Caía una ligera nevada que le refrescó el rostro y pareció tranquilizarse. Echó un vistazo a su alrededor, los árboles lagrimeaban escarcha y un espeso manto de nieve lo
cubría todo.

-Esto sólo nos va a traer mala suerte - se lamentó mientras limpiaba los restos de una masa viscosa que manchaba la parte delantera del vehículo.

Mientras tanto, Luisa, su mujer, esperaba haciendo punto sentada en el sillón de mimbre junto a la ventana. Siempre se ponía ahí cuando su marido se iba al pueblo, así vigilaba el camino por el que tenía que volver. Levantó la vista y respiró tranquila al ver acercarse las luces de la vieja furgoneta. Escuchó el ruido seco de la portezuela al cerrarse y al momento vio aparecer a su marido en la salita.

-Tardaste mucho-, le dijo mirándole por encima de las gafas.
-He tenido un pequeño accidente-, respondió mientras se dejaba caer sobre el sillón, junto a la chimenea.

Luisa abandonó las agujas y se acercó a su marido, que tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo de la butaca.

-¿Que sucedió? ¿Te hiciste daño? A ver, déjame revisarte, quizá tengas una costilla rota y ni te hayas dado cuenta. Sabía que algo malo te iba a suceder cualquier día con ese viejo cacharro.
-No ha pasado nada, mujer, sólo he atropellado a un ciervo, ha salido de repente y no lo he visto. Lo tengo en la parte trasera de la camioneta. No sé cómo deshacerme de él, podría ir a la cárcel por su culpa, ya sabes que en estos tiempos vale más la vida de un animal de estos que la tuya propia.
-¡Lo que nos faltaba, que vayas a la cárcel encima!. ¡Pero mírate, si estás blanco como una hoja de papel!- exclamó Luisa
-La camioneta ha quedado bastante tocada. Ha sido un golpe seco- añadió Carmelo.
Luisa palpó el torso de su marido de una forma meticulosa, apretando primero con suavidad y luego aumentando la firmeza hasta sentir el hueso duro bajo la yema de sus dedos. Antes que cualquier lesión, sintió los latidos desbocados del corazón de Carmelo, algo extraño en él que estaba curtido en los peligros del monte y de la vida.

La mano de Luisa recorrió con cuidado una piel ya casi olvidada. Ese tacto le hizo recordar las pasiones de antaño, que ahora se alojaban en algún recoveco diminuto de su memoria. Carmelo pareció sentir alivio con el roce de los dedos de su mujer y empezó a respirar profundamente, exhalando con parsimonia el aire de sus pulmones.

-No llevas nada por aquí. ¿Y en el cuello?
El hombre le dijo sin levantar la voz:
-Déjame ya. Quiero descansar.

-¡Ni lo pienses!. Tenemos que deshacernos del bicho ese cuanto antes, ahora mismo, si puede ser.
-No corre tanta prisa, mujer. Nadie va a echar en falta a un ciervo en plena noche. Mañana con calma pensaré, ahora estoy muy cansado.
-¿Pero es que no sabes lo que te juegas? No quiero verte en la cárcel ni pagar ninguna multa. ¡Venga, hombre! Entre los dos acabaremos antes -insistió la mujer.
-No. Tú quédate en casa. Ya lo haré yo. Si te parece tan urgente, lo haré ahora mismo. No hace falta que salgas, que está helando- dijo aturulladamente.
-¿Te ocurre algo? ¿No me estarás mintiendo, verdad?

Carmelo miró a los ojos de su mujer y dijo:

-Ha sido un accidente, Luisa, un accidente, tienes que creerme.

Entonces ella salió de estampida y se fue derecha hasta la camioneta, allí vio el bulto, más pequeño de lo que había imaginado, cubierto por una lona. La levantó y al ver lo que ocultaba dio un paso hacía atrás y se tapó la boca con las dos manos para mitigar su espanto.

Su marido, que la había seguido, balbuceó:
-Lo siento, lo siento.
-¡Déjate de monsergas y de lamentaciones, Carmelo! Ahora lo que tenemos que hacer es solucionar esto cuanto antes. Tenemos que evitar que nadie se entere- dijo muy resolutiva y añadió:
-Diremos que has chocado contra un árbol. Lo importante es limpiar bien todo y no dejar rastros para que nadie lo sepa nunca.
-Y ¿qué hacemos con eso?- dijo él señalando al bulto tapado con la lona.
-Pues lo enterramos donde los purines, así reduciremos el olor y en unos días habrá desaparecido.
-¡Ojalá todo sea tan fácil como dices!
-Sí, hombre, tranquilo, ya verás, con lejía y unas toallas viejas lo limpiaremos todo bien y en un periquete.

Tardaron una hora larga en llevar a cabo su plan. Regresaron a la casa helados, cansados y sucios. Tras ducharse, Luisa sacó pan, unos fiambres y queso y preparó café con leche para entrar en calor. Se sentaron en el sofá, frente al fuego de la chimenea y junto al árbol de Navidad, cuyas luces multicolores seguían centelleando a pesar de lo ocurrido.
-¿Tú crees que esto va a cambiar la Navidad? —preguntó preocupado Carmelo.
-No lo sé- respondió ella- pero las luces de árbol siguen brillando, eso es buena señal.
-¿Sabes, Luisa? Tienes una gran entereza y una gran agilidad mental en los momentos difíciles.

Ella complacida puso su mano sobre la de su esposo; entonces Carmelo recordó otras muchas cosas que le gustaban de Luisa y pensó que estas Navidades iban a ser muy especiales y que tal vez no hubiera sido un accidente. Es posible que el Duende Navideño se hubiera inmolado para hacer reverdecer en ellos el amor y la pasión que un día se tuvieron. Quizá fuera este el verdadero espíritu de la Navidad.

Carmelo sonrió aliviado, se acercó a su mujer y la besó como hacía muchos años que no la besaba.

Texto: 3d3escritores (Pilar Aguarón, José Antonio Prades y Anabel Consejo)
Ilustración: Pilar Aguarón